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Para Héctor, mi sobrino, y para todos los que en el futuro serán el teatro, sus espectadores y sus críticos. Capacidades infinitas. La compañía la Casa Incierta trabaja para esas capacidades infinitas que son todos los seres humanos al nacer. Y ese trabajo les ha convertido en compañía residente de un teatro público de Madrid, el Teatro Fernán Gómez que lleva como nombre pegado o asociado el de Centro de Arte. Teatro y arte, teatro igual a arte. La convocatoria es a las once de la mañana. El pequeño aforo está completo. En el hall se oyen carreras, y a madres, padres y abuelas que llaman a los niños y a las niñas que corren. Los más pequeños, los que todavía no andan, se miran. Son miradas de extrañeza, de curiosidad por el otro. El otro que no soy yo, el yo que no es mi familia, ni mamá, ni papá. La ropa de abrigo se acumula encima de los bancos de la entrada. Los carritos, una extensión de la casa de la que proceden, se aparcan pegados a las paredes, para no estorbar o para proteger del ruido a los pocos niños que todavía duermen. Hay en el ambiente la excitación propia de la clandestinidad, de haberse saltado la norma, la ley no escrita de que el teatro no es para los niños muy pequeños, mucho menos para los bebés. Sin embargo, los anuncios colgados por la ciudad o que aparecen en los periódicos, las guías de ocio lo proclaman...Se trata de teatro, de teatro para bebés. Y en ese estado de excitación, nuevas formas de comportarse para un nuevo teatro. Cada niño podrá traerse como máximo a dos adultos. Los adultos se sentarán detrás de los niños y solo tomarán el mando si el niño se pone a llorar. El llanto se contagia tanto como la gripe y es necesario el aislamiento social sacándolo de la sala. Nada de contar o preguntar al niño por lo que está viendo. Como familiares que son ya saben que tienen capacidades infinitas, déjenles disfrutar del espectáculo y hagan algo bueno por ellos, no los conviertan en esos espectadores que tienen que explicar al de al lado, lo conozcan o no, lo que están viendo. Siempre hay tiempo para hablar después cuando todo haya acabado. Tiempo para compartir lo pensado. Sí, son bebés, pero también son humanos. Capacidades infinitas para disfrutar. Lo siguiente, son adultos a la carrera con niños colgando. Hay que coger buen sitio, el mejor. La imagen sería grotesca si no hubiera amor. El amor que hace que una vez cogidos los mejores sitios, los adultos se muevan, se ajusten, se cambien para que ningún niño se quede sin ver, sin disfrutar, ni los suyos ni los de los demás. Adultos que dan un paso atrás o a un lado para no estorbar, para acompañar, para poder observar a esos niños, que son los que les han llevado. Y es entonces, o eso dicen, cuando empieza la función. Llega Mary Poppins vestida de blanco. Cierra el paraguas y lo clava en el suelo. Silencio, hace rato que se percibe a penas una dulce música. Adultos disciplinados que no hablan. Niños tan pequeños como bebés que miran la montaña blanca que ocupa el escenario. De la que saldrá una percha, también blanca, que queda flotando en el espacio, esperando a a coger el blanco sombrero chaplinesco y la chaqueta blanca de esa niñera lunar. Y la montaña se hace cuerpo, o la actriz se hace montaña. Es una montaña barriguda, preñada, llena de agua y luz, que ofrece una la barriga-luna al mundo, a ese pequeño mundo de padres e hijos, donde todos estuvieron antes de ser lo que ahora son. Se ven, porque ven como si de una pantalla se tratase, las luces y las sombras internas que hay en una barriga en la que una pequeña alubia crece y se despereza de sus nudos, los nudos de la madera que esa actriz-niñera-montaña, y ahora madre, comió para hacerla andar. Es una niña Pinocho, la preocupación de una madre Gepeto que la construyo de amor y madera, de tierra, de partes de ella. Y ahora espera tejiendo con una lana roja los sueños de lo que será fuera. Anda, sal, ven, que serás, serás. Y luego, es. Es una niña que juega. Una Alicia sentada a la barriga-mesa del Sombrerero Loco, donde las cucharas y las tazas juegan a un inocente corre que te pillo. Donde las niñas se niegan a comer cuando les es permitido y comen cuando les es prohibido. Así es el mundo, así será el mundo. Luz que juega. Moví el brazo y toqué el cielo. Y cuando anda, ya anda sola, la madre-niñera se pone el sombrero, abre el paraguas y vuela. Suenan melancólicos un acordeón y un piano. Es el momento de la despedida. La niña anda, era sombra y ahora es luz, la luz que ilumina el globo aerostático que sobrevuela el mundo, espectadores sin edad que intentan tocarlo y cogerlo, y, que en sueños, montaron o montarán en él para volver al teatro. A qué esperas. Ven, anda. Tráete a tu madre y a tu padre. Tráete a la abuela y al abuelo. Tal vez, tráete a tus tías o a tus tíos. No más de dos adultos. Suficientes para ser tus piernas, abrazarte en la oscuridad del teatro y sentirte seguro. Anda, mira, escucha, comienza a usar todas esas capacidades infinitas de las que vienes cargado. Haz que tu tiempo valga la pena. Deja volar tu imaginación, como el globo aerostático que sobrevuela en la sala y ahora lo hace sobre tu cabeza. No tengas miedo y, a la vez, evita todo lo que te pueda dañar. Hazme soñar, ponme en tus sueños. Oscuro. Enlaces relacionados: Vídeo de Anda (espectáculo completo enespañol) Página de La Casa Incierta (en español y en inglés) Teatro Fernán Gómez-Centro de Arte (en español)
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