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Por algún extraño azar existen dos restaurantes en Madrid de nombre muy parecido, Casa Mundi y Casa Mandi, pero de opuesta filosofía. El Mundi es un clásico de barrio sito en la calle de Escosura, donde prima la calidad de lo servido y se olvida de la estética, mientras que el Mandi, situado en la calle Almagro, es un local recién abierto en el que ha primado el diseño y no se presta la atención debida a lo que se sirve. En el Mundi hay una correcta carta de vinos a precios razonables y se sirve uno de los mejores besugos de Madrid. En el Mandi te ofrecen de aperitivo un Pisco Sauer y te cobran 16 euros por él, la carta de vinos es corta y encima no tienen varias de las referencias. Resulta extraño este estilo, pues el Mandi ha sido puesto en marcha por gente que proviene de La Máquina, un local muy serio y de larga tradición. Para mí el origen de estos males, el Mandi es el enésimo ejemplo, es el público de Madrid, sin duda uno de los peores del mundo. Asombra ver la peña que acude a este tipo de locales, megapijos sin criterio que piden medias botellas de vino. Así, un lugar tan interesante como el espacio gastronómico de Lavinia, está invadido por los habitantes del barrio de Salamanca que son capaces de echar a perder el excelente ambiente que ha creado el viejo Ángel García, el que fue cocinero del legendario Lúculo. Es Lavinia el único sitio que conozco en Madrid en que todos los camareros son españoles y tienen criterio, especialmente el sumiller, un hombre maduro y sin estridencias, con conocimiento de vinos que no sean españoles, o sea, el auténtico anti Custodio Zamarra. En Lavinia es posible tomar cualquier vino a precio de tienda, lo que es una excelente oportunidad para conocer nuevos mundos. Reté al sumiller solicitándole un vino de Oregón. No tenía ninguno, pero demostró conocer bien el tipo de vinos que allí se hacen y me ofreció un excelente Borgoña en compensación. Lo maridé con un plato de bogavante (canadiense, me advirtió Ángel) con boletus edulis, al extravagante precio de 40 euros. Mientras terminaba la comida con un plato de quesos acompañado de un tokaj miré a mi alrededor, parecía como si el tiempo se hubiese detenido.
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