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La denuncia
Letra sonora
por Gabriel Nuñez Hervás   

No, a pesar del título no voy a hablar de asuntos como el top manta, los derechos de autor, el tongo en los premios discográficos o el rebote de Ramoncín con El Jueves. No: lo cierto es que estaba escribiendo un artículo, provisionalmente titulado “La música inane”, en el que quería comentar la docilidad de las canciones y los artistas de nuestros días, cuando un titular me gritó desde la pantalla que la música todavía tiene la capacidad de provocar efectos sorprendentes (más aún que la presencia de una crítica del último disco de Shakira en Rockdelux): “Un espectador denuncia a un músico de jazz por no tocar jazz”. La noticia, firmada en El País por Chema G. Martínez, cuenta la singular situación en la que se vio envuelto el saxofonista Larry Ochs cuando, durante una reciente actuación en Sigüenza, un espectador procedió a denunciarlo por entender que lo que Ochs estaba interpretando se acercaba más a la música contemporánea que al jazz, estrictu sensu. La reclamación convocó a una pareja de la Guardia Civil, y hasta intervino el propio alcalde de la localidad, que al parecer se hallaba ya en el concierto.

Más allá del surrealismo de la historia y del adobo que le puso uno de los beneméritos (que suscribió la opinión del denunciante), la cosa se pone interesante al pensar en la posibilidad de que tal práctica se extienda por entre los públicos de los espectáculos musicales. Algo así como cuando el público del Bernabéu expresa su inconformismo al entender que su equipo no juega realmente al fútbol, sino a otra cosa. Y no es difícil imaginar a las hordas indies increpando las canciones más comerciales de Los Planetas, a comunas de perroflautas indignados con los giros electrónicos de Bebe, a raperillos castizos de barrio escandalizados por los arreglos flamenquitos de La Mala Rodríguez… Precedentes haylos, y si no que le pregunten al maestro Enrique Morente. En fin, las posibilidades son tantas que llegaremos a añorar aquellos heterodoxos tiempos en los que unos delirantes, primerizos y flexibilísimos Premios de la Música repartían premios en la categoría de Pop-Rock a Sabina, Rosana y Ketama (¡olé!).

El asunto es aun más llamativo en una disciplina, la música, especialmente permeable a la contaminación, mezcla, mestizaje y trasvase de ideas, ritmos y estilos. Si lo proyectamos en otras artes el tema da mucho juego: los juzgados no darían abasto con los nuevos bastardos (estilísticamente hablando) de la pintura, la literatura, etc. Por no hablar del séptimo arte: recuerdo ahora que no hace mucho me llamó un amigo por teléfono para decirme que se dirigía a comisaría: iba a denunciar a Eduardo Noriega por afirmar que era actor. El denunciante acababa de sufrir su exhibición interpretativa en la película Canciones de amor en Lolita’s Club, de Vicente Aranda (otro firme candidato al pleito).

En un siglo en el que las fronteras de los géneros musicales han sido prácticamente abolidas resulta hasta enternecedor este arrebato purista del espectador ofendido. 

Pero tengamos cuidado, por ahí se empieza, y luego, enseguida, asoman las cadenas.

 

 
 
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