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La primera vez que supe de Kevin Johansen fue en 2003, en mi primer viaje a Buenos Aires. Una mañana vi un enorme cartel: en él un tipo embutido en una especie de traje de esquimal andino daba varios pasos extraños de baile sobre una leyenda semishakesperiana: “Sur o no Sur”. Cuando pregunté por este espécimen a mis amigos porteños no obtuve respuestas precisamente laudatorias. Afines a actitudes y sonidos próximos al rock o la electrónica, mis colegas me definieron a Johansen como un tipo bastante ñoño, blandito y tontorrón. Sin embargo, en aquel cartel que yo veía en mi ruta diaria había algo hipnótico que me condujo una tarde a buscar y comprar el disco. Cuando escuché por fin las canciones de Sur o no Sur tuve una sensación bastante contradictoria: algunos pasajes musicales, demasiado folklóricos para mi gusto, me causaron cierto rechazo, pero en las letras advertí una gozosa intención lúdica y logrados ramalazos líricos. Poco a poco, la música también me fue enganchando, pasaba las canciones de manera desordenada, deliberadamente random, y fue al escuchar Cumbiera intelectual cuando admití que este gran músico iba a quedarse un buen tiempo entre mis orejas. (Si le decía “Vamos al cine, rica”/Me decía “Veamos una de Kusturica”/Si le decía“Vamos a oler las flores”/Me hablaba de Virginia Woolf y sus amores/Me hizo mucho mal la cumbiera intelectual/No la puedo olvidar…). La hilarante historia de un tipo enamorado de una chica bailonga con sobredosis de cultura me remitió inmediatamente al estilo de mi admirado Juan Antonio Canta, y el irresistible ritmillo de la canción me tuvo bailoteando horas y horas por mi departamento. Mientras escuchaba el resto de canciones me divertía con los subtítulos explicativos de algunas de ellas: aquél que rezaba “Barry White meets Nirvana” me pareció muy sugerente, así que pinché ese track y me encontré con un temazo, Down with my baby, que no dejé de poner durante meses a todo el mundo (mis amigos porteños me explicaron que fue ese tema el que llevó al éxito a Johansen, ya que se usó como sintonía de una telenovela muy popular, creo que se llamaba Resistiré, emitida hace un par de años por alguna televisión de acá). Desde entonces mi devoción por Kevin Johansen ha sido innegociable. En estas mismas páginas he hablado al menos un par de veces de él. De algunas de sus irreverentes versiones (K#10 2K07) y de aquel concierto inolvidable (K#5 2K07) en el Teatro Coliseo, el 3 de noviembre de 2007, con una multitud sobre el escenario e invitados de la talla de Paulinho Moska (después lo vería en Madrid, con formato reducido, en el Galileo, teloneado por Lisandro Aristimuño y con la colaboración, elegante y puntual, de Jorge Drexler). Ahora Kevin Johansen ha vuelto a España, con la que mantiene una tácita cita anual desde hace tiempo, para presentar Oops!, un proyecto fifty-fifty con Ricardo Siri, o lo que es el mismo: Liniers, reputadísimo ilustrador de Buenos Aires que ya se ha encargado de varios videos de Johansen y de su última portada. Juntos han publicado un libro de título homónimo que ha sido el germen de esta gira que los trajo los pasados 13 y 14 de noviembre a la Casa de América en Madrid. Con el apoyo al bajo nupcial de Juan Álvarez, Johansen y Liniers van desgranado, entre charlas, chanzas y divertimentos varios, un repertorio que recorre toda la discografía del primero mientras los trazos del segundo proponen una visión genial e instantánea de las historias cantadas. La escenografía es simple y eficaz: una camarita de video cenital recoge la obra que Liniers crea en grandes pliegos sobre una mesa y la proyecta en una pantalla, mientras que Johansen se sirve de su colección de guitarras juguetonas (del lutheriano banjo-cítara a la imprescindible Hello Kitty) para cantarnos y contarnos peripecias amorosas, dolores del desamor y retratos de personajes que adquieren vida propia. Bajo un discurso aparentemente desenfadado y hasta infantil, se suceden mensajes no poco desafiantes: al fin y al cabo, en estos tiempos, no hay nada más provocador que el amor. Este evento interindisciplinar, programado para desprogramarse, con dos artistas mayúsculos en estado de gracia (y de gracias) comienza con Road movie (en ella Liniers pinta a los artistas proyectando sombras estrábicas: Kevin podría ser un trasunto imposible de Bart Simpson, Tintín y el Felipe de Mafalda). Después van sonando el resto de temas. Sonando y pintando: algunos lienzos acaban siendo un sindiós, pero otros dan en el clavo: los correspondientes a No me abandones (una recreación de El grito de Munch), Anoche soñé contigo (con heterodoxas estrellas negras), McGuevara’s o CheDonald’s (con el lema “Revolucionario del mes”) y La hamaca, por ejemplo, son joyas que, como bien indica Johansen, podrían subastarse con éxito en ebay. Algunos afortunados se llevan un original a casa: de vez en cuando Ricardo Siri se levanta de su pupitre escolar y pone en marcha las “Líneas Aéreas Liniers”: construye con sus pliegos aviones de papel que sobrevuelan las cabezas del público y siempre caen sobre alguien de las primeras filas. Como decía, van sonando En mi cabeza, El palomo, Ese lunar (deliciosa), No voy a ser yo (que pasó la ITD: Inspección Técnica de Drexler), Hindue Blues, El círculo, Desde que te perdí, Oops! (un bolero que evoca “los tropezones del amor”: “¿Quieres que te diga lo que quieres escuchar o vas a escuchar lo que te quiero decir?”), Daisy, Timing y, por supuesto, Cumbiera intelectual (con nuevos fichajes intelectualoides: Bucay y el reggaetón). Entre ellas, dos versiones marca de la casa (“Discover the cover”, propone): la clásica Hotel California (reconvertida, o mejor dicho: recovertida en Hotel Patagonia, pero menos deconstruida que otras veces) y el Take on me de A-ha (“¿Qué fue de este chico?” se preguntó Kevin, “la última vez que lo vi se había convertido en un dibujito y desde entonces…”). Y, en los muy generosos bises, caen S.O.S. Tan Fashion, Sur o no sur, Buenos Aires Antisocial Club, El incomprendido, La falla de San Andrés (dedicado a David Byrne), y el inevitable e hiperfestivo Guacamole. Los temas de City Zen (2005) son mayoría, y quedan en el tintero hits como Down with my baby, Logo o Chica Rolinga. Durante los bises, Liniers y Johansen cambian de campo y de función: Kevin se pone a dibujar (y crea un travesti que sirve leche desde sus pechos a una taza) y Ricardo Siri bromea, cuenta anécdotas y chistes (cuentos) y canta, muy mal, exprofeso, un tema incompleto (Monotributo) y una versión de Knockin’ on Heaven’s Door que, según confiesa, cada vez que la perpetra debe procurar a Dylan un escalofrío en la espalda. Como ilustrador es divertido, rápido, impecable, pero como showman Liniers cae a veces en offside. Es quizás la única pega (sobre todo porque se prolonga demasiado tras más de dos horas de show) que se le puede objetar a este espectáculo lúdico, lúcido, tierno (sí, qué pasa, afortunadamente: muy tierno), terapéutico, cordial y, sobre todo, multiindisciplinar. Un concierto, en fin, macanudo.
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