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Siempre desconfío del salto de los nuevos autores de pequeño y silencioso reconocimiento a las grandes editoriales y, sobre todo, de la etiqueta habitual de ‘literatura del siglo XXI’ con que la editorial suele arroparlos. Y lo cierto es que, en la mayor parte de las ocasiones, esa desconfianza –que considero sana, a pesar de que pueda achacarse a que soy una lectora del siglo XX porque en él aprendía a leer- suele encontrar sus razones en la lectura. Lo curioso en el caso de Aire nuestro de Manuel Vilas, y por eso lo traigo aquí –quede claro que no por esa grandilocuencia mercantil que busca hacerte sentir un lector infantil–; lo curioso, decía, en el caso de la novela del más conocido hasta ahora como poeta, Manuel Vilas, nuevo miembro, al parecer, de la llamada generación ‘after-pop’ que la editorial Alfaguara ha empezado a aglutinar, es que leyendo Aire nuestro no he necesitado dejar a un lado la desconfianza ni contradecirla, olvidar la lectora que soy en definitiva, sino que mi desconfianza y sus intuiciones han encontrado un sitio natural, como cualidad necesaria, en la lectura.
Se explica este sorprendente y grato alivio de lectora antigua diciendo que, en Aire nuestro, la desconfianza sobre la capacidad humana de contar la realidad y sobre los mecanismos que utilizamos para hacerlo –que, por otra parte, por qué olvidarlo, es una de las constantes de la gran narrativa del siglo XX–, no acaba siendo un mero pretexto para la fragmentación, una defensa de la poética de lo inconexo brillante o ingenioso, o una puesta en escena de los agujeros negros narrativos –todas ellas opciones, más o menos interesantes, de mis lecturas de la llamada literatura del siglo XXI–. A partir de una idea, que podría resumirse en la paródica cita de la frase final de Jesucristo: “Padre, perdónalos porque nunca han sido televisados”, Aire nuestro toma como argumento la programación de los guionistas de la multicadena de televisión hiperrealista Aene y construye un gigantesco y delirante mundo de telerealidad, en el que los tiempos presente, pasado y futuro se anulan, e Historia, ficción y realidad se solapan para ‘entretenernos’ teniéndonos entre el humor y la lucidez de una comedia salvaje, con un paseo por la Historia que no sucederá jamás y las historias que pudieron ocurrir, o que habrían sucedido de algún modo si las hubiera contado la televisión.
Con arbitraria y convencida desfachatez, la programación de Aire nuestro nos presta un mando a distancia para pasar del reportaje de una visita de Johnny Cash a España con su mujer en la que acaba dándole un recital privado al apóstol Santiago, a las vidas y conversaciones de Lorca, Cernuda, Buñuel o Sergio Leone en el Canal Telepurgatorio; o del documental sobre la muerte de un escritor anarquista desconocido a manos de la CIA a una carta de Ernesto Che Guevara a Fidel Castro hablándole de una nueva revolución que necesitará más psiquiatras que guerrilleros…De este modo, Aire nuestro no es más –ni menos– que una parrilla de programación que pone al descubierto el confuso desorden de realidades y ficciones en el que respiramos y nos movemos, divertido a veces, preocupante otras y anestesiado la mayor parte de ellas. Por eso comencé hablando de la desconfianza, porque la propuesta de Manuel Vilas la convierte felizmente en la brújula necesaria para guiarnos, a través de ese aire nuestro, hacia el espacio que suele mediar entre la realidad y el deseo y que suele ser el autoengaño consentido. En definitiva, Aire nuestro te obliga a pensar si el aire que respiramos es nuestro. A pensar si es aire, aunque sea nuestro.
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