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Cuando nada se puede decir, lo mejor es callar. Silencio. Oscuro.
Las frases que encabezan el artículo podrían ser suficientes para comentar el nuevo espectáculo de Angélica Liddell: La casa de la fuerza. Cinco horas y media de silencio. Los críticos dicen del teatro de esta autora, directora y actriz que es un teatro necesario. Será que no se han enterado. Ella aclara a voz en grito en el montaje que nada humano es necesario. La naturaleza y la vida bien pueden seguir sin nosotros, sin cada uno de nosotros, ni lo que nos pase. Sin nosotros y sin nuestros actos, aunque sean una larga obra teatral. Tampoco se trata de un teatro innovador, adjetivo que la crítica también usa frecuentemente en este caso, a no ser que se considere innovador hacerse cortes en el cuerpo, controladamente, para sangrar y manchar pañuelos blancos, algo que vienen haciendo corrientes artísticas y performativas desde los años sesenta del siglo pasado. Tal vez se considere innovador seguir el lenguaje teatral alemán que alegremente se continúa llamando de vanguardia a pesar de que los códigos están ya tan integrados en la cultura europea que recibe nobeles de literatura, Elfriede Jelineck mediante, y contrata giras urbi et orbi, Volksbühne am Rosa-Luxemburg mediante.
Lo cierto es que el teatro está lleno. Predominan claramente las mujeres. Claramente vestidas y arropadas al estilo Custo Barcelona. Camisetas de estampados raros, faldas desestructuradas con aplicaciones de lana. Mucha gente sola que encuentra conocidos y conocidas en la cola para recoger entradas o en el bar decorado con una exposición sobre Grotowski. Son gente joven en sus veinte o sus treinta. Algunos talluditos que aún no se han cortado la coleta y la muestran gastada, aceitosa y cenicienta, acompañada de una sobresaliente barriga que embuten en sus vaqueros premeditadamente sucios y la sudadera vieja, como la gorra. Entre todos destaca Luis María Anson impoluto con su traje, camisa y corbata, conocido fan de la artista a la que considera “una mente equilibrada, un bisturí literario dócil para la penetración y una libertad de pensamiento enardecida y pedernal” y a la que, según propia confesión, le daba miedo acercarse no le fuera a arañar.
Las cinco horas y media se distribuyen en tres actos y dos intermedios. El primero sucede en lo que puede ser una taberna mexicana de frontera, posiblemente más del sur que del norte, más de Tapachula que de Chihuahua, donde acabará la obra. Tres mujeres se acompañan en sus desengaños amorosos. Beben cerveza y tequila. Recuerdan al actor Harvey Keitel en Fingers, la película en la que interpreta a un matón que toca a Bach en el piano y suena como el mismísimo Glenn Gould. Recuerdan a Al Pacino matando. Recuerdan a Clint Eastwood sentenciando. Y cantan rancheras, mejor dicho, las gritan. Y se sufre por su voz, por las consecuencias que tendrá para el espectador. Aunque llevan micrófonos, queda mucho espectáculo por delante y siempre se espera que lo que suceda en el escenario hable o cante aunque sea poco. Mal que le pese a una admiradora que baja en el entreacto alabando las capacidades de Angélica Liddell, esta no sabe cantar. No, no lo hace todo bien. Se agradece el largo silencio que sigue a las rancheras. Aunque este sea el detonante de las primeras deserciones. Abre el goteo de abandonos una pareja. Ella con tacones. Tacones que no dejan de sonar cuando bajan la escalera y cuando rodean las gradas para abandonar el recinto. Tacones alejándose primero, lejanos después, hasta desaparecer.
En el segundo acto, Liddell hace de Liddell. Antes también, pero aquí lo confiesa y se confiesa. Ha sido abandonada por el amor de su vida. El amor que le pegaba “hostias” (al leerlo, póngale entonación de cabreo con el mundo). Ella lo pasa fatal, claro, pues era el amor de su vida el que le había hecho cosas muy bonitas. Y, qué va hacer ella que “no tiene ni las tetas ni el culo de una de veinte”. Irse a Venecia (sic) y practicar cibersexo. Donde tiene un éxito increíble porque lo que ella ofrece es gratis. Pobres hombres que preguntan cuanto se debe. Señores y señoras espectadores, por esto se paga, por si no lo sabían la Liddell se lo aclara. Se agradece que considere a su auditorio unos desinformados. El caso es que no puede ver “los Bellini venecianos” que se los habían llevado a Roma. Menos mal que le queda la compañía de la CNN anunciando matanzas de palestinos a manos de judíos. “Muerte en Venecia, siempre hay muerte en Venecia”. Menos mal que aparece el Pau, interpretado por el violonchelista Pau de Nuit, a tocarse y cantarse una de Vivaldi, el veneciano, que hay que meterle a la gente la belleza por el culo, según Liddell y sus fuentes, hay mucha gente que no sabe apreciarla. La solución: administrarla en formato supositorio. Sus espectadores siguen en silencio, no se sabe si aterrados por el gran supositorio vivaldiano que se les viene o porque cualquiera le dice algo a Liddell tal y como se las gasta.
Después, tachín, tachán, se anuncia “¡Una no! ¡Dos canciones pop!” de la Oreja de Van Gogh o de su ex – cantante Amaia (¡qué más da!), por eso de que la producción se estrenó en la Laboral de Gijón, institución que también aporta dinero. A la que siguen tres discursos sobre la forma de pensar de los “putos” hombres que abandonan y “hostian” a las mujeres, tan interesados de boquilla en lo social (la humanidad y esas zarandajas), como desinteresados se muestran por la individua que tienen al lado (los individuos gay quedan fuera, se entiende). Así que la protagonista, es decir, la Liddell, estaba en estas, cuando descubre la casa de la fuerza, es decir, lo que el y la común de los mortales llaman gimnasios. Se apunta y, en esta situación de desamor, se pone a hacer ejercicios “de cardio”, hay que hacer prácticas con el corazón cuando se lo tiene destrozado. No se oye ninguna risa en la sala cuando dice esto, aunque se podrían esperar carcajadas. Y a esta demostración de esfuerzo y práctica, le siguen los cortes corporales. Le sigue la extracción de sangre que se hacen en vivo y en directo, que desperdiciarán manchándose impolutas camisas blancas a la altura del corazón. Le sigue un lento traslado de sillones para llenar el escenario. Se tarda en llenar pues se trata de la Nave del Español en el Matadero de Madrid, donde ocurre el espectáculo. Le siguen los ejercicios con pesas. Y la penumbra en la que dos mujeres corren o se corren, antes de sacar del escenario los sillones que habían colocado. Y, por fin, “Las tres hermanas” de Chéjov que vacían sacos de carbón en el centro del escenario montando un templete, una tarima, de turba donde las tres se sentarán vestidas de blanco a hablar al viento y repiten “Hay que trabajar” y “Hay que irse a México”. Y se mueren, sí, se mueren trabajando aunque aún no se ha acabado la obra.
Algo menos de dos tercios de los asientos siguen ocupados al comienzo del tercer acto. Los de las últimas filas pueden acercarse para apreciar los detalles. Sucede en Chihuahua y la olvidada Juárez. El camino recorrido desde la casa de la fuerza, es decir, del gimnasio hasta allí se desconoce. Tres actrices mexicanas comienzan a hablar. Se equivocan y, a veces, se atascan. Liddell y sus secuaces, aparecen convertidas en ninfas o espíritus mudos que posteriormente harán crecer flores en el Pau, me refiero al violonchelista, y su instrumento mientras este toca y canta, entre otras, Ne me quitte pas. Antes y después se ha producido la denuncia de ese México querido (léase ¡qué herido!) y festejador en el que las mujeres son asesinadas; en el que los niños en rehabilitación son asesinados; en el que los hombres (al menos uno, el tío de una de ellas) son asesinados. Violencia institucionalizada y fomentada, al menos contra las mujeres, por la ley según denuncia no se sabe qué informe. Ante tanta ignominia, Perla, una de las actrices mexicanas, se declara una desobediente que tendrá hijos débiles que vencerán a todos esos hombres fuertes.
El discurso-grito de la desobediente acaba sacando a escena al forzudo Juan Carlos Heredia, campeón de strongman de España, y presencia estelar de la obra visto el espacio que le dedican a su intervención revistas y periódicos. Las ninfas le declaran su amor. Angélica le explica que hay esperanza, que siempre habrá esperanza cuando un hombre pueda seguir saliendo de casa a comprarse un clavo y una cuerda, lo necesario y suficiente para ahorcarse. Oído esto, el forzudo se dirige a un coche lleno y cubierto de flores mortuorias y lo vuelca. Levanta dos barriles de cerveza. Levanta una piedra. Y se acuesta en un sillón que hay en la esquina como si fuera la maja vestida. Ninfas, mexicanas y el Pau cubren su perfil de muñecos hechos de plastilina rosa. Oscuro. Aplausos y bravos. Una música atronadora de discoteca acompaña a los artistas cuando salen a saludar. La Liddell baila y anima a bailar. Nadie la sigue. ¿Donde queda la belleza de Vivaldi? ¿Y el Bach interpretado por Glenn Gould? Una maledicente respuesta se cuela en el cerebro: estarán metidas en el culo, con la innecesaria mierda.
¡Me cagüen en la hostia puta! (dígase con los músculos en tensión y agitándose, puro estilo Liddell) ¡Hoy, sin duda, tocaba hacer mutis por el foro!
Nota aclaratoria: Los tacos se han cogido al azar de La casa de la fuerza, unos literalmente otros en espíritu. Son una muestra, había más.
Enlaces relacionados:
Página oficial de Angélica Liddell (en español)
Mi puta perrera: blog de Angélica Liddell (en español)
Por las revueltas de Angélica Liddell (Javier Vallejo, Babelia, El País, 17 de noviembre 2009, en español)
Angélica Liddell o el teatro (Luis María Anson, El Cultural, 22 de noviembre de 2008; en español)
A partir de ahora (Javier Montero, Letras Libres, marzo 2008, en español)
Angélica Liddell y el bufón (Luis María Anson, El Cultural, 6 de noviembre de 2008; en español)
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