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Historia, ficción y cuentos de hadas
Ficciones
por Carlos Almira Picazo   

La Historia como discurso narrativo aspira, las más de las veces, a una reconstrucción fidedigna del pasado. Iluminar el presente desde el pasado, dar claves de acción política o social, o aportar argumentos en pro o en contra de la legitimidad de un estado de cosas, son algunas de las funciones básicas de la Historia. Dejo al lector que reflexione si lo desea sobre las posibles conexiones entre todo esto y el hecho de que la Historia sea un discurso de Príncipes (nuevos y viejos) y de vencedores.

La ficción debería conformarse con crear mundos imaginarios, que no es poco. No es mi intención reivindicar aquí una Filosofía Postmoderna, ni el fin de la Historia, sino sólo la posibilidad de inocencia de la imaginación frente al pecado original del discurso histórico, aún del bueno: la posibilidad de no estar al servicio de ningún poder.

Todo conocimiento, presunto o cierto, es susceptible de ser mal –o muy bien, según se mire- utilizado. En este sentido, también la Literatura, buena o mala, puede ser y es un poderoso instrumento ideológico: un ejemplo clásico de ello son los cuentos tradicionales de hadas.

En otra parte, reflexioné sobre la curiosa coincidencia de estructura entre los cuentos de hadas y el discurso ideológico del nacionalismo. Hoy pienso que estas consideraciones podrían hacerse extensibles a casi cualquier discurso ideológico que introduzca, de algún modo, el tiempo, ficticio o real (histórico), en su estructura. ¿Qué queda, entonces, de esa supuesta inocencia de la ficción? Y, ¿cuáles son entonces esas relaciones ocultas entre el discurso histórico y el discurso narrativo?

Me viene a la mente el mito de Adán y Eva (el Mito tal vez sea la estructura narrativa más potente que existe): Adán y Eva estaban en el Paraíso, es decir, en el reino de la imaginación pura y la inocencia. Aquí todo era posible siempre que se cumpliera la condición de la propia desnudez. Aparte del conocimiento y el manejo del oficio, lo único que exige cualquier arte a quien pretenda cultivarlo honestamente es la autenticidad (no confundir con la verdad). Pero he aquí que entra en escena la serpiente, es decir, el conocimiento, y con él, el discurso del tiempo.

Había una vez el Paraíso (llámese la sociedad primitiva, la monarquía del buen rey y el buen gobierno, la sana democracia de los republicanos, la España recia, íntegra y católica, etcétera); un día, una fuerza misteriosa y perturbadora, trastocó la felicidad y la armonía existentes (llámesela serpiente, civilización, Robespierre, fascismo, u horda moscovita); como consecuencia de ello, fueron sometidos a severas pruebas los héroes (la Humanidad, el buen salvaje, Bonaparte, los sencillos campesinos, la Internacional, o el Caudillo de turno); estos héroes superaron felizmente las pruebas y restablecieron la inocencia y la felicidad primitivas: la Monarquía, la República o la Catolicidad. Y fueron felices y comieron perdices, etcétera.  

¡Y ya está! Todos los cuentos de hadas están contenidos aquí: hay una situación idílica originaria; algo perturbador la rompe; y el héroe (o la heroína) debe pasar una serie de pruebas para restablecerla. ¡He aquí la conexión oculta entre el discurso histórico y el discurso narrativo, pues este esquema es intercambiable entre la Historia y la ficción! Sólo falta el ingrediente de una supuesta verdad del tiempo y lo que contiene, para pasar del uno al otro, y de paso, para traspasar el carácter ideológico que todo conocimiento (y tal vez también toda imaginación) encierran en potencia, como su pecado original, tal es la sencilla pasarela entre la imaginación pura y el saber.

Quienes escribimos ficción (y no Historia), aceptamos un pacto implícito con nuestros lectores: “nada de lo que vas a leer aquí ha ocurrido realmente, pero si las musas me socorren y tú me prestas un poco de atención, tal vez encuentres en ello algo de verdad, es decir, algo de ti mismo, que nunca te servirá para someter a otros ni (dicho sea de paso) para permanecer en el Paraíso desnudo, pero sí, tal vez, para elevarte sobre tus propios hombros”.  

Sería interesante quizás buscar alguna relación entre todo lo dicho y el auge editorial de la novela “Histórica” pero lo dejo para otra ocasión. 

PROP, Vladimir: Morfología del cuento, Madrid, Akal, 1998.

 

 
 
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