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Quedo estupefacto al conocer el cierre del restaurante Cuatro Estaciones de Miguel Arias. Los que disfrutamos en su día de las legendarias “cenas de los 11 vinos” en tan insigne local, no podemos evitar un poso de amargura frente a tal dislate. La explicación lógica sería la crisis económica, pues en las Cuatro Estaciones gustaban de cobrar bien, pero otros muchos, mas caros y peores, sobreviven sin problemas. Cabría aquí una reflexión sobre los criterios en que se fundamenta el éxito de un restaurante en Madrid, a mi juicio hay dos características que se asocian a él: que sea un “nuevo descubrimiento” y que no se aparte mucho del canon clásico. Las Cuatro Estaciones cumplía el segundo, pero estaba demasiado visto pues llevaba muchísimos años funcionando, y muy bien por cierto. Esta flagrante contradicción lógica pude comprobarla hace pocas semanas.
Es bien conocido que disfruto de una saneada economía, por lo que un viernes decidí darme un merecido homenaje sin reparar en el precio. Intenté reservar en el nuevo local de Freixas, en el nuevo restaurante del hotel Villa Magna, en el nuevo Kabuki, en el Urban (ya un poco a la desesperada). No había mesa en ninguno. Tuve que tirar por la calle del medio y acudir al mas caro de Madrid, el Sanceloni. Por los pelos conseguí mesa, les quedaba una de fumadores. El rejonazo fue de pronóstico, doscientos euros por barba. La conclusión fue obvia, todos los sitios “nuevos” estaban llenos, mientras que otros sitios “mas vistos” están sufriendo enormes dificultades.
Tampoco es ningún secreto que soy hombre de opiniones conservadoras, lo que algunos calificarían como un “nostálgico del Régimen”, por lo que lo que referiré a continuación tiene especial valor. Escarmentado del rejonazo, le pedí a un amigo que es crítico gastronómico (de verdad, no como yo), que me recomendara un local donde se comiera bien por un precio razonable y que hubiera mesa un sábado por la noche. Vé al Almirez, me recomendó sin dudarlo. Situado en la calle Maldonado, muy cerca de la iglesia en que el Almirante oía misa a diario, confirmó lo que mi amigo prometía: excelente cocina a precios ajustados. Pero, ay, el ambiente era de un espesor casi irrespirable, demasiado conservador hasta para mi. Den rienda suelta a su imaginación. Sin duda para incluirlo, junto al Hevia, en mi legendaria lista de restaurantes fachas.
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