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El reino del abuelo
por Josefina de Diego   

PRESENTACIÓN

El Arroyo Naranjo que mis hermanos y yo conocimos de niños ya no existe. Entonces era uno de esos extraños pueblos de los que habla papá en su poesía, largo y estrecho, a mitad del camino entre la ciudad y el campo. Sólo contaba con tres puertas de entrada: la Calzada de Bejucal, prolongación de la de Jesús del Monte, un puente de hierro, casi centenario, nombrado Cambó, y una línea de ferrocarril, con dos apeaderos y una estación de trenes pintada de azul y de amarillo. Estas únicas vías de acceso delimitaban un rectángulo de tierra fértil donde cabían, sin estorbarse, tres amplias propiedades de familia. Nosotros vivíamos en Villa Berta, la Quinta del medio, en la casa que había construido a su antojo Constante de Diego, el abuelo asturiano que tantísimo sabía de árboles frutales y de maderas preciosas. Allí, en las oscuras manos del olvido, papá pasó, solo, los primeros años de su vida —mucho más tristes que los nuestros. A principios de la década del cincuenta, mamá propuso regresar a Villa Berta, donde los tres hijos podríamos disfrutar a gusto de sus jardines. Papá aceptó: tal vez quería recuperar, junto a nosotros, el tiempo perdido de su infancia. En Arroyo hicimos la primera comunión, aprendimos a leer y a escribir; vencimos, tomados de las manos, los arenales de la adolescencia y fuimos, sin lugar a dudas, más que felices. Sobre todo los domingos. No había aún amanecido cuando la abuela Josefina, cascabelera, nos despertaba con una zarzuela, bien tocada en el piano de la sala; al rato venían los tíos, y con ellos, claro, los primos del alma, y ya no había para cuándo acabar. A la tarde aparecían, entre los árboles, los poetas de Orígenes, y la fiesta iba en grande, bien adentro la noche. Está por escribirse la importancia de aquel extraño pueblo en la poesía cubana el siglo veinte, pero no tengo la menor duda de que, sin la Villa de la abuela Berta, la historia sería, por lo pronto, distinta —y probablemente peor. El reino del abuelo revive esos días irrepetibles. Nadie mejor que mi hermana Fefé podía intentar la reanimación de las cosas, la resurrección de las criaturas y el rescate de la memoria: ella no sólo es la más inteligente de nosotros, sino, además, la más buena. Este libro nos comprende y nos perdona: fue escrito por una niña. Porque hay que decirlo de una vez: un mal día de 1968 aquella felicidad terminó de golpe, y de un porrazo despertamos con las maletas hechas, los muebles sobre la cama de un camión, los cuadros descolgados de las paredes y las lagartijas mirándonos fijo a los ojos, pues no podían creer lo que estaba sucediendo. Por razones demasiado tristes de contar, tuvimos que huir, más que mudarnos, para la gran ciudad. Fue inevitable. Los camaleones nos dijeron adiós con los pañuelos de sus gargantas. El pozo se rompió. Los pinos se secaron. Las palomas, desesperadas y furiosas, se perdieron en las trampas del cielo. Dejamos la casa a su suerte. Cerramos las puertas. Le dimos la espalda. La traicionamos. Sí: la traicionamos. Desde aquella tarde, la última de nuestra infancia, todos, absolutamente todos, hemos cargado con esa culpa enorme. Arroyo quedó atrás. Allí quedamos también los niños que fuimos Rapi, Fefé y yo, con las caritas apretadas contra los barrotes de la cerca, sin entender por qué diablos los habíamos abandonado.

Este libro, dije, nos comprende y nos perdona.

Han pasado muchos años: el pueblo de Arroyo Naranjo ya no es el mismo.

Nosotros tampoco. Cuando fue nuestro, cuando fuimos de él, tenía exactamente lo necesario para contentar a sus habitantes: una iglesia con un campanario y organillo de pedales, una escuela magnífica y un cementerio. Un pequeño cementerio que apenas mordía el ángulo derecho de una manzana de las afueras, con treinta tumbas sembradas en la tierra, unas pocas cruces de hierro y un par de ángeles de yeso posados, como pajaritos, sobre pedestales de cemento. No sé por qué recuerdo con tanta precisión ese santo camposanto, si a fin de cuentas estaba bastante lejos de Villa Berta. Rara vez entramos en el cementerio, y cuando por fin nos atrevíamos a vencer su portón de miedo, en puntitas de pie, lo hacíamos seducidos por los misterios reales de la vida antes que por los dolores reales de la muerte. Porque la muerte nos importaba tan poco que, por esa época, no sabíamos siquiera que vivía. Mi hermana menciona el cementerio en alguna página de su libro. Pasa, al paso, el jardín de los difuntos; lo veo con el rabillo del ojo. Allí me quedo. Hoy ninguna tumba presume flores. Los angelitos han perdido las alas. Las cruces anclan entre la hierba húmeda, como restos de un naufragio. Los muertos están más muertos que nunca, enterrados en el fondo sin fondo del olvido. Entonces emprendo el regreso por el único camino posible, el del abuelo Constante, el del libro de Fefita, y vuelvo a andar por el mapa de este libro, página a página, bien despacio, y puedo recorrer de nuevo las callecitas de letras precisas, y me detengo ante los portales de las casas, reconstruidas palabra a palabra por mi hermana. En este libro estoy a salvo; en el pueblo, perdido. Nadie me reconoce. La iglesia, hoy, está en ruinas. Sin embargo, doblan y doblan las campanas, gracias a Fefé. La escuela también está en ruinas. Pero, gracias a mi hermana, escucho a nuestros amigos jugando en el recreo. La estación de trenes está en ruinas. Aunque sobre los moños de los árboles se elevan los humos de una locomotora imposible. Por fin llego a Villa Berta. En este libro, todo está como hace años. Dos niños me esperan. Son Rapi y Fefé. Se alegran al verme. Tienen las caritas trabadas entre las rejas. Sólo falto yo.

—¿Te acuerdas?— dice mi hermana, y me da su libro, de mano a mano. Rapi nos pasa el brazo sobre los hombros.

La puerta se abre de nuevo.

El libro comienza.

Eliseo Alberto  

EL REINO DEL ABUELO 

 

I. ¿Te acuerdas, mi hermano, del bosquecito de caña brava frente a casa? ¿Y del misterioso camino que atravesaba todo ese oscuro jardín y que se iluminaba, justo en su final, cuando, al apartar las hojas, nos tropezábamos con la casa de María? ¿Te acuerdas de las hamacas en casa de Palenque y del elegante caballo de Capote, cómo lo paseaban, tan suave? ¿Y de la gasolinera de Colado? ¿De la bodega de Marcelino, del kioskito de Yoyo? También estaba la ferretería. Ahí se vendieron juguetes, en los primeros años de la década del sesenta, y yo quería, cada Navidad, lo mismo: la muñequita china. Quizás porque me trasmitía una seguridad que nunca he tenido y quería apresarla, un poco, en ella. O quizás, simplemente, porque tenía una sonrisa muy dulce. No sé. Pero todo eso existía fuera de la casa.

 

II. La casa estaba atrás, al fondo, escondida. Era como una fortaleza, mi casa. Segura, amplia, fresca, acogedora. Sólo algunas ventanas, las de la sala, tenían rejas y eran lindas y servían para jugar porque eran como peldaños para llegar a las ventanas de arriba, donde estaban los cuartos. La escalera y el piso de los cuartos eran de madera. Crujía, suavemente la madera y enseguida adivinábamos quién subía, en qué peldaño se detenía a descansar, si subía con apuro o despacio. Podíamos adivinarlo, como si lo estuviéramos viendo a través de una bola de cristal. “¡Ahí viene mamá, rápido, escóndete Tobi!”. Y Tobi se escurría debajo de una de nuestras tres camas, asustado, cómplice, incontrolable siempre su cola, inquieta y traviesa.

 

III. El aroma de las Navidades lo inundaba todo. La casa olía a pesebre y a mandarinas. Nuevas estrellas aparecían enredadas en las puntas de los pinos del jardín. Era el momento de abrir las cajas polvorientas que habíamos guardado el año anterior en el garage. Con extrema delicadeza mamá desenrollaba los papeles y las cansadas figuras salían de sus manos como nuevas, como acabadas de hacer, sólo para nosotros, sus tres hijos. “Esperen a que llegue su padre”, nos decía. Y comenzaba el Nacimiento.

 

IV. El bosque de arecas estaba al lado de la casa, junto a los cuartos. Era difícil ver la casa desde afuera porque las arecas estaban allí, inmensas, como cuatro guardianes severos. No había escondite mejor. La gallinita quiquiriquí, con obstinada impertinencia, consruía su nido en la areca más frondosa. “No hay escondite mejor”, seguramente pensaba mientras apartaba el follaje y se acomodaba entre los elegantes troncos.

 

V. “¡Manantiales!”, anunciaba el conductor con voz potente y el ómnibus se detenía frente al garage de Colado. El manantial atravesaba la finca de un extremo a otro y la poblaba con su rumor subterráneo. El pozo, un pozo de verdad, húmedo, oscuro, peligroso, era el orgullo del abuelo asturiano. “Antes, hace mucho tiempo, había aquí una hostería”, aseguraba el abuelo. Se le veían al pozo sus años. Cuando lográbamos acercarnos lo suficiente le hablábamos, y el eco nos devolvía nuestras voces confusas, ajenas, envejecidas. Implacable, Lázaro lanzaba el cubo al vacío y la soga rodaba entre sus poderosas manos. De las profundidades, lentamente, reaparecía la amable silueta del cubo con su preciosa carga. El agua era fresca y cristalina, como la de los lejanos ríos de Asturias.

 

VI. La Quinta ―construida en las afueras de Arroyo Naranjo, a unos treinta kilómetros de La Habana― se llamaba Villa Berta, por la abuela paterna, la esposa del abuelo Constante, el asturiano. El nombre estaba puesto en las dos puertas de rejas de hierro que se abrían, acogedoras, para dar paso a los autos y, también, a los vendedores de viandas, vegetales y periódicos que entraban en carretones con caballos. Había, a la derecha, una puerta para las personas, pero nadie la usaba. Quizás, pensaba yo, porque las puertas de rejas de hierro eran como los brazos de la casa, el primer encuentro con los múltiples visitantes y, si uno entraba por la puerta pequeñita, el abrazo, también, tendría que ser pequeñito. A la izquierda había un banco de cemento donde nos sentábamos a esperar el ómnibus para ir al colegio, amparados por la sombra entrecortada de una buganvilla morada.

 

VII. La abuela Berta era autoritaria y dominante. Sabía dar órdenes, pero con nosotros era suave y generosa. Había crecido en los Estados Unidos y rezaba y hablaba dormida en inglés, idioma que había aprendido antes que el español. Adoraba a Dickens y recitaba de memoria Alice in Wonderland. A la abuela le gustaba repetir este cuento: “ ‘¡Tica, Tica, hay coches que caminan sin caballos!’, me avisó, agitada, mi compañerita de cuarto. Y cuando nos asomamos, en puntillas, a la puerta, lo vimos: un coche espléndido, que iba a gran velocidad y hacía un ruido del demonio”. Era el año 1897 y la niña que fue mi abuela Berta contemplaba, asombrada y fascinada, desde la puerta de su colegio en Nueva York, el primer coche de motor. Un día, ya casi ciega, me dio la única orden de su vida: “quiero que me montes esto en un marquito”. Era una lámina bastante común, de colores baratos. Pero ella no se sintió tranquila hasta que la tuvo en sus manos. La lámina era dibujo de un carruaje tirado por cuatro poderosos caballos. La abuela se quedaba largo tiempo mirándola y, a veces, lloraba bajito, mucho rato, sola.

 

VIII. La voz de la abuela Chifón era melodiosa, algo aguda ―aunque no mucho― como la de los tonos altos de las notas de su piano. Era cálida su voz, cantarina y dulce, siempre joven, como la de una adolescente. Nosotros tres le decíamos “Chifón” por una canción en francés con la que nos dormía. Los primos la llamaban por su nombre, abuela Josefina. Su padre, Rosendo Badía, catalán, había sido maestro y tuvo un colegio en Cárdenas, un pueblo de la provincia de Matanzas. Abuela aprendió el piano de niña y fu su gran pasión. Las danzas de Cervantes y Saumel cobraban un sentido especial tocadas por ella. Era como si la Isla toda pasara por sus manos, transformada en una música prodigiosa. Oírle tocar el piano era siempre una fiesta, pero una fiesta como encantada porque había algo mágico, sobrecogedor, en ese instante en que se acomodaba en la banqueta, elevaba sus manos y las dejaba caer, suavemente, sobre el teclado amoroso. Tuvo seis hijos, pero los dos primeros se le murieron muy pequeños. Al regreso del entierro de su primer hijo, la abuela estuvo toda la tarde y la noche tocando el piano. Tocando todo lo que le gustaba oír a su hijo muerto, tocando todo lo que le hubiera gustado tocar por el resto de su vida, inventando para su bebito las canciones más lindas del mundo. Tocó hasta el amanecer. Fue un escándalo en el pueblo.

 

IX. La canción era así: “Ansi font, font, font, Les petites marionettes, Ansi, font, font, font, Trois petits tours Et puis s’en vont!”. Pero nosotros oíamos: “Le chifon, fon, fon...”.

 

X. “¡Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y Arroyo!”, repetía sonriente el primo más pequeño, José María, cuando le pedíamos que nos dijera los días de la semana. Y es que no había ―ni habrá ya nunca más― nada mejor que los domingos en la casa. Abuela Chifón llegaba desde el viernes con los primos Cuchi y Chelita y con su inevitable jabita llena de retazos de todos los tamaños y colores, que mamá guardaba celosamente en un armario. Los retazos se convertirían, después, en cuellos de camisas, servilletas, tapeticos para las mesas, delantales, blusas para la tía Fina y para mí. El domingo, temprano en la mañana, nos despertaba el piano de la abuela Chifón y los cinco primos nos precipitábamos por la escalera de madera y la baranda tratando de hacer el mayor ruido posible. El piano estaba al lado de la escalera y, al lado del piano, debajo de la escalera, el closet de los juguetes, que era una especie de cueva repleta de tesoros insospechados. Después del desayuno, la misa en la iglesita, blanquísima, del pueblo, construida en el centro del parque. Me gustaba la misa, sobre todo por la lectura de los Evangelios, que oía como episodios de un interminable libro de cuentos. De regreso, nos cambiábamos de ropa y comenzábamos los juegos, que se iban complicando más y más en la medida que llegaba el resto de los primos. Las puertas de rejas de hierro se mantenían abiertas el día entero. Desde el fondo de la casa se veían los autos que llegaban: “¡Ahí vienen los tíos Cintio y Fina!”; “María, prepara más café”; “viene el tío Felipe y sus músicos”; “Sergio, canta otra vez Stars Fell on Alabama”; “llegó tío Agustín con sus ‘criaturitas’”; “Bella, los muchachos no nos dejan conversar, ¡ruge!”. Al atardecer, el sol se ocultaba detrás de los árboles, más allá de la línea del tren; las voces, despidiéndose, se entremezclaban con el sonido inconfundible de los autos en retirada y un extraño silencio se adueñaba de la casa. La excitación del día nos duraba gran parte de la noche y sólo el arrullo sereno las arecas lograba adormecernos. El piano, la misa temprano, los juegos con los primos, los tíos, los amigos, la voz pausada de papá, la poderosa locomotora y su enigmático silbato. Retazos de recuerdos tan queridos, míos.  

Ediciones del Equilibrista México, 1993  

continuará...

 

 
 
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