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Todas las novelas felices son iguales
Los libros que nos cuentan
por María José Gil Bonmatí   

Este mes voy a arrancar tergiversando a mi favor el famoso comienzo de Ana Karenina, para decir que, hoy por hoy, “todas las novelas felices son iguales”. Y no creo que Tolstoi se ofendiera porque haya cambiado su visión de la familia por la mía de la literatura actual; a fin de cuentas, los vínculos que los lectores creamos con los libros que nos gustan se parecen a los lazos familiares, puesto que, como estos, se alimentan de algún tipo de necesidad.

Pero ¿qué necesidades tenemos los lectores de hoy? o, dicho de otro modo, ¿qué nos gusta y por qué? Traigo aquí estas preguntas porque pensar en alto abre la posibilidad de que pensemos juntos y, sin embargo, tengo la impresión de que hace ya tiempo que alguien se hace esas preguntas por nosotros sin que nos importe. Y quizás no nos importe porque, como a los niños el catálogo de juguetes de El Corte Inglés, las novelas de hoy parecen dispuestas a proporcionarnos una gran y variada oferta de satisfacciones, incluso de las necesidades que no creíamos tener.

A eso me refería al hablar de novelas felices, a que nos hemos acostumbrado a que las novelas sean ese espacio que nos permite soñar otra vida en la que, al menos en el tiempo que dura la lectura, podemos vivir emocionantes aventuras, sentir que nuestras virtudes van a tener el reconocimiento que merecen o saber, sin ningún género de dudas, que nuestro príncipe azul está por llegar. Y, a fuerza de lecturas destinadas a satisfacer unos deseos que ya ni siquiera sabemos si son propios o ajenos, hasta hemos llegado a convencernos de que es posible que algún día, por qué no, ese tipo de justicia novelesca nos alcance.

Sin embargo, mientras tanto, medio escondidas entre las torres de novedades, unas pocas novelas ‘infelices’ siguen buscando despertarnos, como diría Tolstoi, cada una a su manera. Si vuelves te contaré un secreto, la primera novela de Mónica Gutiérrez Sancho, publicada por Caballo de Troya, es precisamente, aunque parezca un contrasentido, una novela infeliz para los lectores felices de hoy. Porque solo podremos escuchar ese secreto del que habla su argumento si sabemos leer en la historia de sus personajes nuestra propia historia de necesidades y satisfacciones lectoras.

Si vuelves te contaré un secreto habla –y deshago así un secreto que, en realidad, aquí más que con el misterio tiene que ver con lo que uno preferiría no saber– sobre la felicidad posible y las posibilidades de esa felicidad, y lo hace a través de unos personajes anodinos y comunes, como somos todos en definitiva, que ven llegada esa oportunidad de otra vida posible. Poco a poco, sin embargo, a ritmo de una música de jazz que se encarga de recordarnos que la felicidad siempre pasa de lado y casi sin ser vista, iremos descubriendo junto a los personajes de qué está hecho ese territorio de las oportunidades y, en definitiva, que la esperanza –lícita– de una vida mejor nunca será lo mismo que el necio consuelo de unos sueños imposibles.

 

 
 
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