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Atreverse a estas alturas del partido a escribir un texto en torno al carácter de la izquierda resulta algo penoso, cuando no cansino. Si el artículo pretende centrarse en las características actuales de la izquierda española, la cuestión corre el riesgo de convertirse en lastimosa para el autor y digna de compasión para el lector. Se superarán largamente nuestros objetivos si logramos modificar tal presupuesto y hacer del asunto motivo de interés. Desde luego, no negamos que el tema desencadene pasiones; por nuestra parte, sencillamente nos limitaremos a plantear los contenidos que la materia suscita en un tono a medio camino entre la desafección política habitual entre los moradores de las sociedades occidentales y el acaloramiento airado o furibundo desde el que se pronuncian ciertos sectores de opinión. En cualquier caso, la desidia que produce enfrentarse a qué cosa sea la izquierda no procede tanto del cinismo social que tiñe hoy día toda consideración al respecto, cuanto de la machacona insistencia a la que se ve sometida desde distintos foros mediáticos, partidistas, académicos, etc. No pasa un mes sin que algún eximio tribuno se descuelgue en prensa con su particular reflexión sobre el derrotero de la izquierda; estación en la que no merezca un seminario o reportaje especial; año en el que no aparezcan publicados media docena de libros relativos a la cuestión. Confiamos en que se nos perdone una nueva incursión, en virtud de un par de excusas. La primera es que si asumimos que la izquierda o el socialismo es, según definición à la Mitterrand, aquello que dicen y hacen los socialistas, seguramente estemos en disposición de aportar desde nuestro presente algunas novedades sin duda bastante pintorescas. La segunda -aún más insignificante- deriva del compromiso que adquirimos en su momento, al tratar los rasgos que engalanan a la derecha española actual, de redondear aquellos apuntes con su envés ideológico. Vaya por delante la consciente incompletud que, ahora como entonces, marcan estas notas que pasamos sin más a abordar.
Por razones de cortesía estimamos pertinente delinear un mínimo denominador común del pensamiento de izquierdas, a fin de calibrar su significado (si es que lo tiene) en la vida política española. Dicha definición de mínimos se encuadra en sus coordenadas conceptuales clásicas (libertad, igualdad, fraternidad) tanto como en las modulaciones que la historia contemporánea le confiere. En este sentido, resulta llamativa la desorientación a la que la izquierda parece abocada desde la caída del muro de Berlín. Dieciocho años después, la victoria de Sarkozy en las elecciones presidenciales francesas simboliza el auge de un abanico de tendencias conservadoras -liberales, neocons, centristas o extremistas- que, a juicio de determinados eruditos, plasma cruda y rotundamente la hegemonía ideológica de la derecha. Es curioso que sobre este aspecto -trasfondo en el que se juega el éxito de la máquina propagandística de cada bando- todos se lamenten de su suerte. Nuestra tesis, aplicada cuando menos al caso español, es que la imagen/marca de la izquierda continua imponiendo sus valores en la esfera cultural, lo que por supuesto no implica su pregnancia -si bien tampoco su oposición- entre en el empresariado, cuyos valores se restringen en gran medida a los de la bolsa.
Puestos a perfilar una definición plausible de la izquierda cabe remontarse al momento histórico en que se traza el origen de la contraposición, esto es, a los albores de la revolución francesa, cuando la bancada de la asamblea nacional situada a la izquierda sostuvo la abolición del ancien régime. En virtud de su lucha frente a una situación que generaba desigualdades y toleraba privilegios, justificada por la legitimidad divina del monarca o por un sencillo orden natural -más bien tirando a rígido-, la izquierda aparece desde entonces rodeada de un aura justiciera que pasa por encima de los horrores termidorianos, o de los gérmenes totalitarios que desprende el jacobinismo estricto.
Este precedente va delimitando en lo sucesivo una visión de la izquierda, una actitud o pose, basada en la disconformidad de sus partidarios con el orden social establecido, y en la confianza en la acción humana para impulsar los cambios oportunos hacia un mundo más justo. A ello le acompaña un peculiar culto a la razón, enraizado en la creencia un tanto esotérica de que nuestro entendimiento posee la facultad innata de articular armoniosas fórmulas definitivas de convivencia colectiva. En este punto, conviene destacar un par de supuestos sobre los que reposa dicha actitud. En primer lugar, llama la atención ese proyecto, algo pretencioso, de transformar la realidad. La idea -creemos- parte de una hipótesis ontológica esclerótica, según la cual las sociedades tienden a instalarse en una inmovilidad perenne, fruto acaso de una visión estática de las cosas que Parménides no hubiese tenido inconveniente en suscribir. Lo cómico, en todo caso, no es constatar cómo la izquierda asumiría una ontología inflexible de corte conservador, cuánto descubrir cómo, en su afán transformador, anhela pulir un nuevo mundo, acaso de signo contrario, pero encorsetado bajo el mismo formato. Dejaremos aquí de lado la desconfianza -si se nos permite: el desprecio- que nos merece la adscripción a la novedad con que la izquierda tilda gran parte de sus propuestas: la frivolidad de las innovaciones se nos aparecen siniestras cuando los ensayos inéditos se aplican, vía ingeniería social, a grupos humanos. Más interesante resulta abundar en el carácter del tránsito que media entre un orden injusto a otro fabuloso. Por descontando, nos hallamos ante un relato milenarista deudor de la mitología juedeocristiana. En tal relato, el concepto de liberación o, vale decir, de emancipación (en dialecto erudito: libre juego de las facultades humanas), es depositario de tal fuerza gravitatoria que atrae por igual a místicos y ateos, unidos por una misma afición: el profetismo escatológico. La célebre chanza que proclama a Jesús de Nazaret el primer comunista cobra bajo esta óptica pleno sentido. Mediante su trayectoria vital nos muestra la existencia de las dos clases sociales enunciadas por Marx: opresores y oprimidos. Su crucifixión representa la injusticia propia de un orden en el que pagan justos por pecadores. Su resurrección, en fin, nos anuncia el restablecimiento universal de la justicia, cuya implantación rehabilitará también a los vencidos por la historia. Desde luego, la perspectiva socialista, habitualmente anticlerical, no asume esta última nota. Sin embargo, en su ideario detectamos la huella de una moral cristiana y de una metafísica trascendente, que sustituye el protagonismo de la Providencia por el del Progreso. Incluso en el laicismo que encontramos en el pensamiento alemán -desde Kant a Habermas, pasando por Husserl-, se aprecia un gesto que trata de salvaguardar la dimensión trascendental de cuño divino de nuestra concepción del mundo, reintroduciéndola con calzador -con calzador protestante- en la conciencia subjetiva de cada individuo, sin cuyo concurso el sentido de la vida se haría intolerable. La operación consiste en recuperar la trascendencia envuelta en el disfraz inmanente de la conciencia individual, que al cabo se hace tributaria del misterio de las alturas o de un algo u “Otro” endiosado. Demostrar cómo el impulso completamente teológico -que encuentra en una supuesta realidad última la garantía de nuestra liberación final- impregna todo el discurso de izquierdas, desborda el objetivo de este texto. Quedaría simplemente advertir cómo, a nuestros parecer, la referencia a un ámbito trascendente oxida toda cosmovisión desde el momento en que la absolutiza.
Pero volvamos a ese punto de la historia en el que dos corrientes ideológicas pugnan, incluso a muerte, por hacerse con la exclusividad del concepto de izquierda: la socialdemócrata y la comunista. El hecho resulta indiciario en relación al prestigio que la etiqueta comporta, contrastando con la repulsión que en cambio produce la alusión al término derecha –incluso entre sus miembros, quienes prefieren autoproclamarse de centro, liberales o, más en plan chic, antimodernos-. En cualquier caso, y como es sabido, las diferencias en el seno del partido socialista alemán a finales del siglo XIX y principios del XX acerca de cuál era la mejor vía para alcanzar la leyenda desembocaron en una escisión, inmediatamente internacionalizada, entre reformadores y revolucionarios. Estos últimos se plantaban en el objetivo ineludible de socavar el orden socioeconómico, basado en la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, recurriendo en su caso al uso de la violencia. Los reformistas, capitaneados por el revisionista Bernstein, defendieron por su parte la necesidad de asumir los principios de la economía de mercado y de la democracia formal, bajo cuyos parámetros habrían de encauzarse las reformas pertinentes hacia una sociedad mejor. Desde una perspectiva histórica, el desarrollo y consolidación del Estado de bienestar -que todavía siguen en pie- y el derrumbe de la Unión Soviética parece haberles dado la razón. A costa no obstante de verse acusados de traidores de la causa socialista. Más allá de lo honorable -y fácil- que resulta ahora desligarse del comunismo realmente existente (asimilándolo al nazismo desde el momento en que se equipara la ciencia aria y la justicia de la raza a la ciencia proletaria y la justicia de clase), la socialdemocracia, al recolectar argumentos a su favor, no ha tenido empacho en identificarse directamente con el concepto de democracia, subestimando a menudo el papel jugado por los democristianos en la construcción del Estado de bienestar, y ocultando su ambigüedad inicial ante las instituciones de la democracia liberal. Más bien pareciera que su celo por atenerse a los principios de la legitimidad democrática -regla de mayoría bajo sufragio universal y respeto a los derechos fundamentales- la dotase de unas credenciales constitutivas de las que la derecha carece. Dicho celo se manifestaría principalmente en el hincapié puesto en la predominancia del Parlamento sobre el resto de instituciones democráticas y poderes políticos, en nombre precisamente de la democracia.
A primera vista, el razonamiento guarda una apariencia formal impecable al levantarse sobre la consideración de que la democracia no ha de subordinarse a ningún objetivo superior, y no limitarse -según la susodicha regla de la mayoría- más que a los resultados del diálogo. El lema, muy zapateril, rezaría: la esencia de la democracia es el diálogo. Dejando aparte el enfoque que se limita a entender la democracia como un sistema de equilibrio de poderes (no incompatible con el que estamos desentrañando; tampoco idéntico), conviene examinar el mito o timo que nos vende el diálogo -o la racionalidad comunicativa- como recurso central de la política democrática. La hipótesis es falaz por cuanto en el fondo busca, al contrario de lo que proclama, una apoyatura moral u objetivo superior idealista, que antepone la dimensión lingüística a la fáctica. Al presuponer que las acciones sociales sólo cobran significado a través del lenguaje, queda libre el terreno para especular acerca de las conclusiones formidables que darían por resultado una situación ideal del habla –en el límite: una conversación democrática universal-. Desde Habermas sabemos que la treta -por lo demás muy loable- de recurrir al sistema comunicativo para fundamentar racionalmente la conducta humana y, más concretamente, la política, es inequívocamente moral. Pero más aun, hay que volver a precisar cómo la racionalidad comunicativa es la figura filosófica contemporánea del idealismo trascendental que, tras la contemplación aristotélico escolástica -que adora al objeto contemplado- y la reflexión cartesiano-kantiana -que endiosa al sujeto reflexivo-, conforma el concepto fenomenológico-hermenéutico (cuando no teologal) del “Otro” a través de cuyo contacto, mediado por el lenguaje, nos aproximamos al mundo ideal.
Por otra parte, no deja de ser paradójico que la socialdemocracia se pretenda encarnación de la idea formal de democracia cuando nunca ha ocultado, por vías menos laberínticas que la anterior, su pedigrí moral, pacifista y solidario. Ciertamente, la denuncia de superioridad moral que hoy día le achaca la derecha ha quedado obsoleta, y más allá de la distorsión que tal denuncia implica (que la izquierda se base en valores morales no quiere decir que estime sus valores superiores) es más que sospechosa procediendo de un frente que no hace sino apelar con desacomplejadas fuerzas recobradas, una política de valores cuasi-castrenses (disciplina, jerarquía y autoridad) –más allá de toda simpatía que ello nos pueda generar.
Dicho esto, e insertos ya en el caso español, maravilla ver cómo aún nos encontramos con viñetas de humor gráfico en la prensa cuyos textos enuncian cosas del tipo: para acabar de ser civilizada, la derecha civilizada debería dejar de ser derecha. Se nos excusará que traigamos a colación este ejemplo, pero es ilustrativo de un talante -insistimos- hegemónico, potenciado por el poder que vienen acumulando los profesionales del mundo de la comunicación (precisamente). No negaremos que en España la mayoría de los medios de comunicación no se adhieren a la izquierda; que no se nos niegue la respuesta obvia acerca de qué cabecera distribuye todavía las credenciales del buen y mal gusto.
Volviendo nuestra atención sobre las características de la ideología de la izquierda española, cabría hablar de tres influencias: la corriente republicano-cívica reformulada por el politólogo Ph. Pettit (pensador de referencia de nuestro actual Presidente de Gobierno); un libertarismo semiculto que mezclaría asistemáticamente la filosofía débil y nihilista de un Vattimo o la burguesa pragmática de un Rorty, con el discurso sesentayochista o el pensamiento mágico indigenista; y la sombra de la tradición krausista, cuyos formidables contenidos -desprendidos del panenteísmo de un filósofo de tercera- pueden extraerse de la lectura de Ideal de la Humanidad firmado por Sanz del Río en 1860. Como hacer glosa de la papilla que hemos recogido bajo el nombre de libertarismo -a la que sin duda debiera adjuntarse la inexplicable simpatía regionalista que marca a nuestro actual Gabinete- rebasaría nuestra capacidad de síntesis, y no está en nuestro ánimo abrumar al lector, nos detendremos tan sólo brevemente en las claves del republicanismo cívico. Su contribución se cifra en presentar una concepción de la libertad como ausencia de dependencia o dominación (en vez de la ausencia de coerción propia de la tradición liberal), entendiendo por dependencia la sujeción del individuo a la voluntad arbitraria y deliberada de otra persona. El dato crucial de esta corriente radica en su creencia de que la ley es garantía de nuestra libertad, propugnando una política intervencionista opuesta al liberalismo. Su flaqueza estriba en que no queda claro si la arbitrariedad que obstaculiza nuestra libertad reside en el modo en que se ejecuta o más bien en el contenido (al tender la decisión hacia un interés particular), por más que Pettit aluda a la deliberación pública como eficaz herramienta detectora de la arbitrariedad. Recurso discutible, no sólo por las sutiles connotaciones ya esbozadas que anidan en tal proceder, sino por ignorar el alcance de la retórica en el arte político de la persuasión. Además el republicanismo -tanto en Pettit como en Habermas-, lejos de situarse teóricamente en un punto de partida moralmente neutro (que distinga política de ética) ofrece sus propuestas bajo el sesgo de lo que a su juicio constituye el bien social. Adviértase, por fin -en detrimento o defensa de Pettit-, que el bien se aproxima al ideal de libertad, más que al de igualdad o justicia.
Teniendo en cuenta que la predicción no se cuenta entre las virtudes de la ciencia política y que las incertidumbres continuarán rodeando al concepto de izquierda, no nos atrevemos a pronosticar, y menos aún en España, sus futuras modulaciones. Como conclusión, contentémonos meramente con listar lo que sería una programática minimal de la izquierda, extraída de lo antedicho: a) defensa del sistema político democrático inspirado en la regla de la mayoría y el sufragio universal; b) respeto a la economía de mercado corregido por un intervencionismo que organice el capitalismo, de modo que se articule una distribución justa de los recursos bajo el lema: “tanto mercado como sea necesario, tanto Estado como sea posible”; y c) establecimiento de unas relaciones internacionales basadas en el comercio justo y en un orden político multilateral [1]. Llegados a este punto, tan sólo quedaría preguntar: ¿qué tiene esto específicamente de izquierdas? Y volver a escribir otro artículo...
[1] Tanto este listado como ciertas reflexiones diseminadas por el texto han sido tomadas de los siete post en torno a sus “Reflexiones sobre la izquierda” que el profesor Ramón Cotarelo alias Palinuro colgó durante el mes de mayo en su blog. Asimismo, he de reconocer la influencia de Deleuze en los párrafos ontológicos (si es que esta expresión conserva algún sentido), como en la argumentación acerca de la capacidad de la racionalidad comunicativa.
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