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Ximena odiaba las historietas que leía Xavier, en especial su colección entera de Las aventuras de Tintín. Para ella el joven reportero no era más que un mequetrefe, un entrometido que no se contentaba con desbaratar las felonías de sus antagonistas, sobre todo las de ese demonio llamado Rastapopoulos, sino que además se interponía en su relación marital. Xavier leía y releía las vicisitudes de los personajes de Hergé, y también los remedaba. Los domingos, cuando hacía la compra semanal, Xavier vestía traje negro y sombrero y se apoyaba en un bastón de madera en obvia alusión a los detectives Hernández y Fernández, inclusive obligaba a su esposa a participar de la imitación. No había fin de semana en que Ximena no peinara los bigotes postizos antes de ponérselos; para ella estaba destinado el de Fernández, y para Xavier, evidentemente, el del no menos cauteloso Hernández.
Lo cierto es que Xavier no se daba cuenta de su adicción, pero su esposa sí estaba al tanto de ella. Ximena sabía que Xavier era un dependiente patético, pues desde su punto de vista ningún sectario de Hergé podía ser capaz de vivir con tal delirio sus cuentos de aventuras. Era obvio que Xavier había perdido la razón, y que conforme pasaban los días se aproximaba más y más a un indomable abismo negro. ¿Quién en su sano juicio desearía bautizar a su primogénito Xorge Profesor Tornasol? ¿Cómo era posible que en vez de pagar la hipoteca de la casa alguien malgastara el dinero en la adquisición de un velero fabricado por el astillero Castafiore? Ya no se trataba de un pasatiempo; no era cosa de broma. La obcecación de Xavier terminaría por aniquilar su matrimonio con Ximena. Por eso ella se propuso sanarlo, con la esperanza de que su cónyuge volviera a ser ese hombre devoto a ella y no un mero subalterno de Hergé y sus personajes.
La cura ideada por Ximena fue en cierta forma un remedo de la enfermedad. Ximena supuso que si ella lograba llamar la atención de Xavier con una actuación categórica, él dejaría a Tintín y volvería a su regazo sin ponderaciones. Debía entonces hallar una adicción enfática, aún más extravagante que la de Xavier. Una a una fue listando sus manías: morderse las uñas, dormir con las ventanas abiertas, cantar jingles, ninguna era lo suficientemente fascinadora. Ximena estaba desesperada, sin aquella manía suprema jamás curaría a Xavier. Pero fue impensadamente gracias a ese nerviosismo que pudo dar en el clavo; una tarde, mientras buscaba con lágrimas en los ojos alguna obsesión perdida en los confines de su armario, Ximena topó con una vieja revista de crítica cinematográfica. De ese modo, con tan sólo mirarla, comprendió lo que estaba obligada a hacer, y así se sumió en la obra.
La mutación fue paulatina. Primero Ximena alquiló los vídeos y analizó con sumo esmero cada una de las películas: el escenario, la trama, los héroes y bellacos. Luego se hizo del atuendo adecuado; casualmente, adquirió la ropa en la misma casa de disfraces donde Xavier compraba los bigotes de Hernández y Fernández. Asimismo, aprendió el idioma, la pronunciación correcta y el laborioso arte de los ideogramas, también a dominar a los equinos y manejar las armas de guerra. Todo concienzudamente. Con infinita paciencia Ximena adoctrinó su cuerpo y alma al talante de su obsesión, tarea a la que le dedicó un año entero.
Xavier, por su parte, continuó con su rutina cotidiana, leyendo y releyendo La Estrella Misteriosa, La Isla Negra, El Secreto del Unicornio, siguió bautizando a su hijo no nacido Xorge Profesor Tornasol y navegando en el velero del astillero Castafiore; hasta que una mañana de domingo algo lo inquietó. Cuando se disponía a ponerse el bigote de su personaje, se dio cuenta –sabe Dios por qué motivo en ese preciso instante– de que este no estaba peinado, y recordó a la vez que no había sido acicalado la semana anterior, ni la precedente a esa, y conjeturó que quizá llevaba meses viviendo en aquella aterradora orfandad. Xavier empezó a ver un millón de diablos azules. ¿Cómo era posible que algo semejante ocurriera en su hogar? ¿Dónde estaba esa perversa zángana que había desposado?...
Ximena se hallaba en la sala, agazapada dentro de un fortín de madera desde donde se alzaba una desafiante banderola samurai. Xavier le llamó, pero no recibió respuesta, y ese mutis lo cegó y ofuscó hasta tornar su piel escarlata. Enseguida, gritó el nombre de su esposa y le exigió una contestación satisfactoria. Ximena salió de su reducto intempestivamente y de un raudo salto llegó hasta la cocina. Xavier, echando humo por las orejas, se dirigió al mismo lugar, pero a mitad de camino titubeó, por un momento creyó escuchar el estrepitoso galope de un caballo y, en efecto, una bestia azabache y de belfos prominentes se acercaba a él. Ximena la montaba con habilidad innata, propagando con su cabello suelto y sus ojos achinados una expresión de batalla apocalíptica. Xavier dio media vuelta y aligeró el paso, y oyó una suerte de mandamiento en un idioma seco y cortante que no entendía: juzgó que se trataba del japonés. Entonces, se inició la persecución, por los corredores, por el recibidor, poco a poco Xavier se fue quedando sin habitaciones a dónde huir, sin piernas que lo llevaran a ellas: percibió más avisos en lengua oriental, el trote de la bestia a punto de rebasarlo, un flechazo certero, justo en el corazón, calándolo, y una risotada delirante que no era la de Ximena, era más bien un carcajeo maldito (¡ja, ja, ja, ja!, ¡ja, ja, ja!), que se asemejaba de sobra al de Toshiro Mifune.
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