|
A fuer de lo proclamado por ciertos líderes políticos y mediáticos en los últimos tiempos, por no hablar de lo que segrega el mundo de la cultura, se diría que en España las hordas fascistas ebrias de venganza no ven el momento de recobrar el poder y reinstaurar a cuchillo el orden desbaratado. Ciertamente, desde el otro lado del burladero, el relato no resulta menos apocalíptico y así parece que el gobierno, amparado por el resentimiento milenario de las huestes rojas, se dispone a ultimar su plan de liquidación nacional mientras ejerce una silenciosa dictadura mental envuelta en la retórica del “buenismo”. Tal es el panorama de la arena política. Sería tarea extenuante remontarse a los orígenes del sectarismo ambiente. Unos cifrarán las causas en la insondable ambigüedad del gobierno, tras la cual se esconde el deseo secreto de expulsar al principal partido de la oposición extramuros del sistema y perpetuarse en el poder. Otros insistirán en la deriva autoritaria en que —por su propia naturaleza— la derecha política recayó a partir de su segunda legislatura. De este modo, todos se echarán en cara culpas y responsabilidades, nutriendo para solaz de los grupos mediáticos y académicos el lucrativo mito de las dos Españas.
En el presente texto analizaremos los elementos internos a menudo divergentes de una de estas dos Españas supuestas, la orillada “a la derecha”, a fin de contribuir a desmontar tal mito y quizá a hacernos menos incómodas las estrechuras con que percibimos nuestra política cotidiana. Lo haremos desde una perspectiva sin duda superficial, impresionista, a vuelapluma, acotada al presente y exenta desde luego de pretensiones académicas. Enmarcaremos nuestra exposición en el contexto internacional, además de nacional, por no abonar nuestra supuesta excepcionalidad ni abundar en el gusto al ombligismo. Es nuestra pretensión completar en un futuro estos apuntes con un análisis que refleje las contradicciones propias que se dan al otro lado del espectro, si es que de lo que se trata es de ahuyentar fantasmas.
Dadas nuestras premisas, estimamos oportuno tirar de ideología, es decir, del sistema de ideas organizado desde una parte de la sociedad frente a otras, para examinar de qué hablamos al referirnos a la derecha española actual. A bote pronto resulta llamativo constatar las alarmas que se encienden en determinados círculos al mentar la bicha. Una nueva derecha o derecha extrema ha extendido sus tentáculos hasta el punto de adquirir una magnitud tal que se hace preciso aplicar medidas de salud pública: cordones sanitarios, pactos exclusivistas, manifiestos artísticos. Nada de esto es realmente nuevo, y no por ello menos lamentable. Lo novedoso, al menos en relación a los últimos treinta años, es la dimensión mediática que por su parte está acaparando la derecha. No descubrimos nada al recordar cómo el conjunto de actitudes y valores que configuran el gelatinoso ectoplasma de lo políticamente correcto está encuadrado en el imaginario socialdemócrata. Los sobreentendidos incitan a considerar cualquier asunto de justicia o buen gusto bajo su ángulo, con independencia del origen del valor o norma de que se trate. El hecho desvela la curiosa habilidad de la izquierda para utilizar técnicas e instrumentos emanados de la masificación de los trasiegos comerciales y mercantiles. Ante tal predominio que, dicho sea de paso, muestra síntomas de agotamiento, se ha rearticulado un discurso liberal-conservador de corte propagandístico que pretende contrarrestar la buena imagen de la izquierda.
La activación del fenómeno puede cifrarse en una fusión de tendencias practicada en Estados Unidos, que encaja a la teoría económica neoliberal dentro del arsenal retórico-moral del neoconservadurismo. Fórmula peculiar por cuanto anima al ejercicio desatado del libre comercio mientras prescribe un conjunto de normas de compartimiento cuasi puritano. El combinado se organiza priorizando la dimensión ideológica toda vez que —se supone— Occidente se halla inmersa en una crisis espiritual profunda, esto es, como si la propia lógica mercantil no tuviese nada que ver con la consolidación del pintoresco ambiente porno-pop (en expresión de Daniel Bell) que nos rodea. Rodando el tiempo, el campo de las relaciones internacionales se ha adherido a dicha perspectiva, proclamando el advenimiento de un orden democrático planetario que pasaría por encima de obsoletos organismos y procedimientos internacionales: llegaba la era de la hegemonía benevolente. La leyenda pretende que el pensador de origen alemán y filiación platónica Leo Strauss prefiguró su diseño. Ciertas fuentes vislumbran la mano de los sabios de Sión. Otros no ven más que el ascenso de una generación de alborotados estudiantes que, confinados en el City College de Nueva York, ahormaron la consigna de la revolución permanente a la historia de su país. Es conocida la adscripción izquierdista, cuando no directamente troskista, que anda tras la genealogía ideológica de los necons; eco que resuena en su teórica aceptación del intervencionismo estatal. Teórica, ya que —y he aquí la clave— lo más llamativo del giro que dio lugar a ese oxímoron denominado “revolución conservadora estadounidense”, fue a nuestro parecer la alianza que establecieron con la escuela neoliberal. Indagando en las entrañas de esta última corriente, cabría llegar a la conclusión de que sus principios han permanecido intactos, y que han recurrido a la retórica neoconservadora tan sólo como plataforma mediática o directamente armada cara a su propagación exterior. Al menos tal es lo que se puede deducir al repasar la obra de su pensador insigne, Friedrich von Hayek.
Las premisas epistemológicas del austriaco, nacionalizado posteriormente británico, enlazan con el noble empirismo inglés, que nos advierte sobre las limitaciones del conocimiento humano. Frente al legado ilustrado, tal tradición posee fundadas reservas acerca de nuestra capacidad racional para explicar la realidad, cuando no de nuestros anhelos por transformarla. En rigor, se trata de una forma refinada de escepticismo que nos previene contra los sueños de la razón, mediante —irónicamente— el análisis racional. Siguiendo con esta línea, von Hayek prosigue indicándonos cómo organizamos los fenómenos aprehendidos por los sentidos a través de nuestra capacidad cognitiva, capacidad que resulta de la evolución y los procesos de adaptación al mundo entorno. Finalmente, el criterio selectivo que regula la cristalización de una categorías mentales frente a otras será a su juicio la eficacia. Dicho esto, no le resulta inconveniente delinear una teoría espontánea del orden social que echa mano tanto del tradicionalismo como del mercantilismo. Bajo su razonamiento, la evolución social ha ido generando una serie de reglas prácticas, impulsadas por el azar y asentadas por la utilidad, que esconden una sabiduría que se remonta a la noche de los tiempos, dado el tratamiento sin mácula que recibe la libertad humana. Sin ingeniería previa, se configuran las instituciones que sustentan la sociedad capitalista (derechos de propiedad, libertad contractual, etc.), en el que las desigualdades quedan justificadas, dado el carácter anónimo del sistema: nadie es responsable de la distribución de los recursos sociales. He aquí el combinado entre desarrollo económico y prescripción moral del que hablábamos. Evidentemente, tal proceso —ajustado a la historia de la sociedad occidental— lo toma de sus observaciones del funcionamiento del mercado, caracterizado por el principio de competencia y legitimado por la ausencia de coerciones o interferencias por parte de una instancia central, el Estado. Por supuesto, habida cuenta de la necesidad del Estado para, entre otras cosas, garantizar la seguridad jurídica de los contratos, el debate actual se refiere al mayor o menor grado de intervención estatal, léase ingeniería social. El problema es que el asunto se ha planteado y sigue planteándose en términos maximalistas. Y en esas estamos.
Sin abandonar el contexto internacional se advierte un giro más moral que económico en un movimiento intelectual francés, paralelo al neoconservador, tildado por su parte de neo-reaccionario. Entroncando con el humanismo liberal, nos encontramos aquí con un discurso que, partiendo de la crítica al espíritu sesentayochista, se afana en denunciar los riesgos que conlleva condescender con el relativismo, ya no sólo cultural, sino ante todo cognitivo. En este sentido, el precedente del affaire Sokal marcó la pauta. El peligro radicaría aquí en anteponer, a la hora de definir prioridades político prácticas, criterios tomados de la socio-lingüística, de la antropología de las religiones, cuando no del pensamiento mágico. Por supuesto, existen factores aparentemente más banales a los que recurren los pensadores franceses en sus tan retrógradas acometidas. Así, su condena a la autocomplaciente superioridad moral de la izquierda —explícita en el doble rasero aplicado a los crímenes fascistas frente a comunistas—, o la crítica al relato progresista, como la que el politólogo Pierre-André Taguieff ha perpetrado en un libro que acaba de publicar (Les Contre-réactionnaires. Le Progressisme entre illusion et imposture, Denoël, 2007). Su libro es sintomático por cuanto describe la formación de un clima de opinión, conformista e inquisitorial al tiempo, heredero de dos vectores: el culto a un progreso abstracto, trasunto de un inexcusable movimiento hacia la democracia ideal; y una paranoica vigilancia anti-fascista, curiosamente post-fascista, ante todo aquel que no comulgue con el discurso correcto. Son obvias las resonancias que evoca este razonamiento.
Pero antes de pasar al caso español es necesario detenerse en la hipótesis progresista que Taguieff nos recuerda acerca de la perfectibilidad del ser humano. En ella quizá radique uno de los puntos clave del debate político del presente, debido a su alusión al carácter moral de la naturaleza humana. El paradigma dominante en ciencias sociales, amparando la versión de la tabla rasa de la psicología humana, acentuaba el peso de la economía o de la cultura (incluso de la etnia, de la raza o de lengua, según modas y disciplinas) en la conformación y justificación de los sistemas de costumbres sociales. Frente a tal enfoque, el avance de la genética, la etología y la neurociencia ha impuesto una visión biológica evolutiva de lo humano que demuestra cómo nuestra capacidad cognitiva está cerebralmente programada. La implantación de este llamado naturalismo epistémico ha rebasado la circunscripción de las ciencias naturales, sintonizando con la hipótesis lingüística de la gramática universal de Chomsky y subrayando el peso de las razones extra-sociales de nuestra conducta. De este modo, se diría que el pensamiento socialista ha perdido el paso, anclado en explicaciones que continúan desplazando los motivos de la acción humana en factores que evitan dar cuenta de las responsabilidades individuales. Y ello cuando no se alinea con discursos míticos o sencillamente introduce criterios artísticos o religiosos en los debates de política pública. La cuestión obviamente no afecta a la derecha tradicional, que presenta argumentos de signo trascendental o carácter privativo para entenderse con lo divino y humano. Pero sí que recorre el nervio de la derecha laica, pongamos que francesa, que ve doblemente legitimado su discurso individualista —económica y moralmente.
Ciertamente, y sin perjuicio de lo antedicho, el éxito del naturalismo epistémico corre el riesgo de inclinarse hacia una metafísica monista que, conectando el orden natural con el raciocinio moral, proceda al reduccionismo propio de la sociobiología. Es inaceptable pretender que las que explicaciones filosóficas que impregnan las disciplinas humanas—y la ética entre ellas—puedan armonizarse con las explicaciones de las ciencias naturales, como sugiere E. O. Wilson. Al igual que es puro voluntarismo considerar los memes de Dawkins unidades de transmisión cultural paralelas a los genes en la naturaleza viviente (para más detalle véase: Gustavo Bueno, El mito de la cultura, ed. Prensa Ibérica, 1996, pág. 167). No sólo porque el determinismo científico contradiga el concepto de libertad o porque en ningún caso aquellas disciplinas puedan organizarse como ciencias positivas. Sino porque tal pretensión ignora tanto la dinámica de las ciencias exactas (la física de hoy no es la de ayer ni con toda seguridad la de mañana) como la tarea de la filosofía —y de la filosofía moral— como método de razonamiento nutrido de la dialéctica dada entre ideas y categorías científicas. En este sentido, no es posible un humanismo neutral: el humanismo es una toma de partido (de una concepción humana frente a otra) que no se puede fundamentar científicamente. Pero esto ya excede el formato del presente artículo. Y es hora de pasar a territorio hispano.
Vaya por delante nuestra consideración de la expresión “derecha extrema” referida al partido actualmente en la oposición, como etiqueta salida del propagandismo más gratuito y peligroso. La ausencia de una extrema derecha organizada debiera ser motivo de orgullo frente al marco europeo, que en los ochenta conoció una oleada verdaderamente reaccionaria a la que no se enganchó ningún partido español con posibilidades de representación parlamentaria. Sostener que un partido que defiende la CE 1978, protege sus raíces cristianas, se proclama liberal y desde luego define amistosamente sus relaciones con EEUU e Israel, es derecha extrema es pura ineptitud o bien manipulación indecente de la realidad. Ahora bien, ciertamente vivimos una nueva versión cuando menos mediática de la ideología de derechas. Los perfiles registrados anteriormente nos ponen sobre la pista para comprender sus atributos: capitalistas y compasivos. Una buena forma de penetrar en su emergencia e ideario es de mano del libro La eclosión liberal de Juan Carlos Girauta. En él se narra cómo se ha activado un movimiento joven, sin complejos, de ascendencia neoliberal y naturaleza patriótica, claramente beligerante frente a los clásicos esquemas progres. Desde su origen, situado en el vértice del aznarato, ha conocido una notable propagación, según declinaba —por causas internas o externas—, la influencia del Partido Popular: Prestige, guerra de Irak, pacto del Tinell, 11-M, reforma de los estatutos, proyecto de ley de memoria histórica, etc., jalonan una trayectoria a través de la cual la nueva derecha ha construido un discurso levantado sobre la convicción de las bondades de la globalización tanto como sobre la crítica al adversario. O directamente enemigo, dado el retorno que conoce bajo esta mentalidad la politología a lo Carl Schmitt. Y he aquí de nuevo la paradoja, a no ser que el liberalismo se entienda, aquí y ahora, de forma sectaria, y no nos hayamos enterado, asumiendo precisamente ese espíritu de gregarismo y camarilla que Girauta ve en la progresía. Curiosamente el prólogo reza “Uno de los nuestros” y no decimos más.
Volviendo al hilo de la obra, Girauta realiza una loa a la economía contemporánea, basada en la revolución tecnológica y en la consideración del conocimiento como activo, en clave libertaria: “cuando más grande es la economía global, más poderosos son los actores pequeños”. Libertarismo sin duda refrenado por la necesidad de contar con una seguridad jurídica que no nos parece puedan garantizar esos pequeños actores. Pero en fin. El autor sazona su tecno-idolatría cantando las virtudes de las tendencias actuales en gestión empresarial post-fordiana. El tema no es secundario por las conexiones que sugiere en relación a las técnicas de marketing político. Cabe interpretar que de lo que se trata es de resituar a la derecha a la vanguardia del mensaje publicitario, rebasando a la “industria de la solidaridad”, que le lleva delantera. De ahí que por pura lógica competitiva se proceda acto seguido a una sistemática demolición de los clichés progresistas.
No negaremos lo certero de su crítica, ante todo por lo que respecta al potaje psico-sentimental prefabricado por la izquierda para satisfacción de sus consumidores políticos. Tampoco nos detendremos en lo exagerado de sus denuncias, tachando de islamo-fascista la mentalidad progre. La cuestión central la encontramos en ese mantra tantas veces repetido de dar “la batalla de las ideas”, que justamente revela las debilidades de su discurso. Dado que tras la tan combatida hegemonía cultural que todavía mantiene la izquierda (combate sin duda tan atractivo como arduo) no se esconde sino un síntoma interno a la dinámica mercantil: la conocida contradicción cultural del capitalismo descrita hace ya casi medio siglo. Recomendémosles pues cierto cuidado, no sea que en la espiral desencadenada con la batalla de las ideas, arrastren al niño con el agua sucia. Salvo que el espíritu trotstkista les aliente todavía a ello.
No podemos finalizar nuestro texto sin citar un espléndido diagnóstico firmado por Emmanuel Rodríguez e Hibai Arbide que nos aporta las claves explicativas a propósito del tema que nos ocupa:“¿Nueva Derecha? O la reinvención del populismo frente al vacío de la izquierda” (en Archipiélago 72, nov. 2006). Los autores detectan tres rasgos definitorios de la nueva derecha. Un moralismo radical, que reintroduce la excepcionalidad de ecos schmittianos como norma de gobierno. Un alcance populista, nacido como reacción ante la ideología autocomplaciente en la que se ha asentado la izquierda, alejada de los problemas del hombre común. Y una nueva inteligencia comunicativa, que utiliza las nuevas tecnologías para redoblar su resonancia. La complementariedad entre una nueva generación experta en publicística y la experiencia en retórica contra-informativa de sus portavoces —antaño marxistas, leninistas o maoístas— articula como resultante una plataforma populista que seduce a perdedores y desencantados de los ochenta. No es menor por tanto la responsabilidad que le toca en suerte a esa izquierda intelectualmente prepotente, elitista y al cabo colapsada, que ha dejado ideológicamente huérfana a parte de su base social. No obstante, el artículo acaba advirtiendo cómo posiblemente el fenómeno de la nueva derecha haya tocado techo. Pronóstico que suscribimos, si es que la alternativa al discurso políticamente correcto se limita a una supuesta incorrección que, más que por un espíritu auténticamente crítico, parece impulsado por el anhelo de hacerse ella misma predominante (y correcta).
Concluyamos señalando cómo la ideología de derechas, perfectamente legitima tanto democrática como moralmente, debiera acaso cuestionar la consistencia de las corrientes que la animan internamente, si es que no quiere acabar disgregada justamente en pequeños actores enfrentados entre sí. Nos hemos dejado en el tintero el tratamiento de ciertos asuntos polémicos —referentes a revisionismos históricos o teorías conspiranoicas—, por no quedar atrapados en el fango de esa lógica propagandística que rechazamos. Antes que preocuparse por tales asuntos (y sin menoscabo de la posibilidad de traerlos en su caso a colación, en oportuno y razonado caso quiero decir), la derecha habría de centrarse en explicar cuándo y por qué está fundamentado recurrir al uso de razonamientos inscritos en la “retórica de la reacción”, de los que a veces se sirve como replica ante medidas soi-disant progresistas (el argumento de los efectos perversos, el de la inanidad y del agravamiento de los riesgos, según nos mostró Albert Hirschman). La interconexión con los temas que suscita la indagación en torno al pensamiento de la izquierda, justifica que dejemos el planteamiento de esta y otras cuestiones para un futuro artículo.
|