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José Luis Pardo responde a nuestro cuestionario filosófico

 

¿Es el patriotismo una virtud?

No me cabe la menor duda. Es lo que mueve a los hombres a emprender hazañas gloriosas durante las cuales son capaces de matar, mutilar, torturar, humillar y perjudicar a cientos de miles de sus semejantes (según las posibilidades técnicas de cada época y lugar) solamente con la motivación de su autoafirmación (que requiere, naturalmente, que previamente se hayan ocultado a sí mismos su condición de individuos para identificarse con la colectividad) y con la única finalidad de ejercer la sana competición antagónica —desde antiguo contrapuesta a la viciosa ociosidad y a las anti-higiénicas diversiones pasivas— y de obtener de ella la merecida satisfacción del orgullo del vencedor (o cuando menos de la autosuperación), que últimamente nos hemos acostumbrado a llamar “identidad” y que es un negocio cada vez más próspero. Sin esta virtud sería mucho más difícil hacer la guerra, y sin la guerra no habría en absoluto patrias que inspirasen esta virtud y, por tanto, es muy probable que ni siquiera hubiese llegado a haber historia en el sentido más habitual de este término (ni tampoco ligas de competiciones deportivas: no es una casualidad que una de las preocupaciones primordiales de todo nacionalismo —y el nacionalismo es una especie del género “patriotismo”— sea la de poseer su propia selección nacional). Claro que también es cierto que no se ha podido dar jamás un solo argumento convincente que sea capaz de persuadir incluso al más incauto de que es preferible que haya historia (y, por tanto, patrias y, por tanto, guerras) a que no la haya, pero no parece que hasta ahora haya echado de menos nadie con mando en plaza este tipo de persuasión argumental.

¿Qué designa “hombre” en “derechos del hombre”?

¡Qué susto! Había leído “desechos del hombre” (aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor la respuesta era más interesante). Que el hombre tenga (que tener) derechos dimana de un defecto de fábrica, que consiste en que el hombre no está del todo hecho y en que, por tanto, no todo en él parece poder reducirse a los hechos. Hay derechos porque hay deberes, es decir, porque no hay algo que debería haber, porque algo falta. Esta “falta de hechura” es el espacio de la libertad o, como también podríamos decir, de la acción (entendida como algo distinto de los hechos). Y así como un hecho es aquello que se produce de acuerdo con una ley (de la naturaleza), también actuar es seguir una regla (en este caso, de la libertad). Pero —precisamente por tratarse de las leyes de la libertad— surge aquí siempre esa cuestión que, con su habitual ingenuidad sólo aparente, planteaba en cierta ocasión Wittgenstein: ¿y qué pasa si no lo hago, si no sigo la regla? La ética no puede dar a esta pregunta (ni tampoco a la de qué pasa si sigo la regla) ninguna respuesta satisfactoria, pues sólo puede contestar que en realidad no pasa nada o que puede pasar cualquier cosa. Lo insatisfactorio de esta respuesta es la causa de que hayan surgido entre los hombres la poesía (de la cual la religión es una de las especies) y el derecho, dos formas bien distintas (aunque no necesariamente incompatibles) de intentar paliar la evidencia de que a menudo los justos y los inocentes sufren más que los canallas y los culpables. La poesía permite imaginar (y la religión esperar) un reparto justo de la felicidad; el derecho permite contrarrestar políticamente —en lo que llamamos “Estado de Derecho”— los efectos de su injusta distribución. Los dioses mueren cada vez que sufre un inocente (pero en seguida resucitan, porque es difícil para todo el mundo sufrir sin culpa y a la vez sin esperanza de compensación), la poesía se vuelve imposible cada vez que se erige un nuevo Auschwitz (pero en seguida se rehace, porque vivir ateniéndose exclusivamente a la historia exige un ascetismo sobrehumano), y el derecho se viene abajo cada vez que alguien lo utiliza para, no conforme con el mero avasallamiento de otros, exigir además el derecho a avasallarlos (pero también vuelve a reconstruirse sobre sus ruinas, porque vivir sin derechos ni deberes sólo es posible para quien está completamente hecho y posee una naturaleza compacta y sin fisuras). Nada es, pues, más propio del hombre que los derechos, precisamente porque es eso, sólo hombre, y tiene deberes, deudas, carencias no solamente materiales sino también morales. Quienes idearon la “Declaración Universal” dieron la expresión de esta condición en una lista de mínimos que siguen siendo, como entonces, excesivamente máximos si se comparan con sus pobres realizaciones. Pero semejante lista, como las constituciones que la reflejan o se adhieren a ella, no pretendió ser nunca una descripción de una situación de hecho que, por tanto, pudiera refutarse contrastándola con unos hechos que la desmienten, sino que pretendía ser más bien algo parecido a una linterna que señalase el camino a seguir.

El catolicismo y el horóscopo son supersticiones y deben ser tratados de la misma manera. ¿Está de acuerdo?

No. El horóscopo, al menos tal y como lo conocemos en la actualidad, es y sólo puede ser una superstición. Constituye una de esas creencias a las que nos inclinaríamos a considerar como “históricamente derrotadas” pero, sin embargo, no ha dejado de ocupar un lugar —ciertamente menor y discreto— en el anecdotario de nuestras sociedades (incluso en el portal de voz de la cadena SER). Nadie ignora su falsedad (al menos en el seno de eso que acabo de llamar, para entendernos, “nuestras sociedades”), pero sobrevive como servicio sentimental de bajo coste debido, sin duda, a su facilidad: al menos en su versión popular (que es la que persiste socialmente), el zodiaco permite hacer predicciones y adivinaciones (que no son tales), dar consejos y ofrecer soluciones (que no son tales) de manera muy sencilla, rápida y barata, sin que las equivocaciones (que ni siquiera llegan a poder ser tachadas de tales) tengan la menor importancia. Esto, que constituye la base de su “éxito”, es también la cruz contra la que fingen luchar sus “profesionales” para combatir su desprestigio cuando se presentan como expertos en una materia importantísima y —en el colmo del delirio— denuncian el “intrusismo” que infama su corporación; pero no pueden hacerlo en serio porque esa visión va exactamente en contra de sus intereses comerciales, ya que si fuese algo complejo y difícil —y aún más si fuese algo verdadero— perdería completamente su público, que sólo busca una tranquilidad obtenida cómodamente y sin demasiados gastos, que no entre en conflictos importantes con la realidad. Por eso los hacedores de cartas astrales y demás fauna de arúspices sólo pueden ser, en nuestras sociedades, payasos y bufones que reclaman en vano la atención de una “seriedad científica” que sencillamente serían incapaces de soportar en el caso de que se les concediese. El catolicismo es una religión (sobre lo cual véase la contestación anterior) y, por tanto, siempre que se mantenga, como alguien dijo, “en los límites de la mera razón”, no tiene por qué tener nada de supersticioso; pero, por ello mismo, cuando los sobrepasa —como sucede cada vez que se utiliza con fines políticos o se confunde con la política misma— es algo mucho más peligroso que el horóscopo, como lo prueban tanto la experiencia pasada de la humanidad como el actualmente tan jaleado “retorno de las religiones” [1].

Teniendo en cuenta los antecedentes – la personalidad de González y Aznar-, ¿qué tiene José Luis Rodríguez Zapatero para que resulte tan alarmante?

Los dos últimos jefes del Ejecutivo que usted menciona en su lista se han encargado de poner de manifiesto que el que la encabeza era un político de una estatura superior. No es Rodríguez Zapatero lo alarmante (ha heredado una situación de dependencia de los nacionalismos e independentismos que él no ha creado, pero que ha gestionado peor que su predecesor; éste último, sin embargo, tuvo alguna genial idea en política internacional que, de no haber sido rectificada por su sucesor, habría constituido una tragedia totalmente innecesaria para nuestro país) sino, en todo caso, la situación actual de la política, su estrechez de miras, su irresponsabilidad, la enorme fragilidad de la democracia y la crisis del Estado de Derecho. Y en cuanto a lo de la “personalidad” (¿es un sinónimo rampante de “identidad”?), desconozco la de los tres. No he tenido el gusto. Pero he oído decir que Stalin, Hugo Chávez, Omar Torrijos, Bin Laden, Hitler, Pinochet y Fidel Castro tienen (o tenían) muchísima.

¿Cuál cree usted que sería (o es) la actitud de EEUU y las grandes naciones europeas frente a una posible desintegración de España?

Mucho me temo que eso que usted llama “las grandes naciones europeas” tiene, en general, poco que decir en el concierto internacional. De EE.UU., nada, porque su protección militar sostiene en buena medida el poco o mucho bienestar que queda en Europa; de la Rusia de Putin, menos, porque ella posee, además de dosis interesantes de polonio, buena parte de las reservas energéticas que a Europa se le empiezan a agotar; de la China (y de los países asiáticos “emergentes”) aún menos, pues la enorme tarta que suponen sus mil y pico millones de consumidores (ya sólo parcialmente potenciales) no deja margen para que Europa haga incómodas observaciones acerca de que se trata de una dictadura, sino que exige apresurarse para obtener la ración que corresponda a cada una de esas “grandes naciones” en proporción a su “grandeza”; de lo que podríamos llamar “el mundo árabe”, chitón, porque todos sospechan que la desaparición de las oligarquías tiránicas que lo gobiernan y la celebración de elecciones libres llevaría a un dominio generalizado de lo que ahora se llama el “fundamentalismo islámico”, y esto mismo vale para América Latina con respecto a los caudillos populistas-indigenistas, así que se impone la doctrina de Los salvajes*, o sea, la de que es mejor dejarlo como está, por muy corrupto que esté; y, en cuanto al África negra, sencillamente a nadie se le ha ocurrido, después de la descolonización, nada interesante. En comparación con todo esto, la desintegración de España (o de Francia, o de Alemania, o de Italia) es como las neurosis familiares en comparación con la esquizofrenia: no tengo la impresión de que el Presidente Bush lo tenga en su agenda, a pesar de los esfuerzos ímprobos de Federico Jiménez Losantos y la compaña (quien sí lo tiene en su agenda, transgrediendo así su propia obediencia doctrinal y su dogmática, es la Conferencia Episcopal, lo que prueba una vez más la actualidad del catolicismo como factor de esa “identidad” de la que hemos hablado). Lo que aborrezco del nacionalismo no son sus amenazas contra la unidad de España (pues eso equivaldría a combatir un patriotismo con otro, y ya he dicho que no le tengo afición al patriotismo), sino sus amenazas contra el Estado de Derecho, que es lo único que me hace soportable a la Nación cuando ésta se pone insoportable, y es la desintegración de aquél, no de ésta, lo que me preocupa—; me siento tan vinculado afectivamente a lo mío como cualquier otro, pero si voy a tener que preguntarme por el ser de España, y si voy a tener que dar explicaciones sobre todo eso, me borro inmediatamente.

¿Considera usted que la Historia progresa en algún sentido?

(¡Por fin una pregunta fácil!) No.

Con cuál de las siguientes aseveraciones está usted más conforme:
El hombre converge (históricamente) hacia su animalidad.
El hombre tiende (históricamente) a humanizar la animalidad.

Sin duda alguna, con la segunda. La animalidad, como en general la naturaleza, siempre es para nosotros, los humanos, algo inquietante. Y uno de los remedios más extendidos contra la inquietud es la asimilación: conceder derechos a los animales, por ejemplo, o a las plantas y a los bosques, es decir, empeñarse en no dejarles ser lo que son. Si a alguien le preocupasen realmente los animales o la naturaleza, lo primero que haría sería levantarse al menos con las armas del intelecto contra semejantes intentos de eliminar del mundo todo lo que nos es ajeno. Lo que sucede es que la asimilación de lo inhumano a lo humano (la humanización de la naturaleza) es la otra cara de la naturalización de la humanidad, es decir, de una búsqueda, no menos arraigada en nuestra historia, de obtener para la humanidad aquello que justamente le falta (sobre lo cual véase la respuesta a la pregunta sobre los derechos humanos), es decir, naturaleza, ese modo de ser completamente inapelable y sólido que nos liberaría para siempre de nuestra fragilidad y de nuestra vulnerabilidad. Y ambas caras son fenómenos derivados de eso que Martha Nussbaum llama el ocultamiento de lo humano, que es precisamente el ocultamiento de esa debilidad. Así que el único sentido aceptable de la fórmula “humanizar la animalidad” sería el de reconocer esa debilidad en lugar de hacerla recaer en exclusiva sobre otros humanos a quienes estigmatizamos como animales repugnantes y vergonzosos y tratamos como enemigos. Pero tal reconocimiento no elimina el hecho de que la animalidad del hombre es algo al menos tan específico como su racionalidad.

¿En qué sentido puede la estética ocuparse de obras como la de la famosa “Sensation” (Damien Hirst, Mat Collishaw, etc)?

El caso (Félix de Azúa ha tenido la santa paciencia de explicarlo en numerosas ocasiones y con exhaustivos ejemplos) es que la estética puede ocuparse de casi todo, y ello no a causa de que tenga una vocación de conquista especialmente vigorosa, sino simplemente porque todo se ha estetizado, se ha desplazado significativamente al terreno de la sensibilidad, minando así la ya de por sí sutil diferencia entre lo que es y no es una obra de arte y, al ampliar de este modo las posibilidades del discurso estético, también ha desfigurado notablemente su condición y sus reglas. Teniendo en cuenta el uso —digámoslo de esta manera— ideológico tan poderoso y abusivo que en otros tiempos se hizo de este tipo de dicotomías (arte/no-arte, etc.), es comprensible que se haya combatido con tanto ahínco. Lo que nadie esperaba es que el resultado de este combate fuese un nuevo malestar, precisamente el malestar de la in-diferencia o de la indiscernibilidad. Porque la estética, como discurso teórico, es completamente inseparable de ciertas instituciones sociales (la crítica de arte, la industria editorial, las Universidades, los periódicos, etc.) que garantizaban eso que se llamó la autonomía del arte. La erosión de dichas instituciones, que es hoy evidente, y por tanto de aquella autonomía del arte (con respecto a la política, a la economía, a la moral o a la religión), hace que también el discurso estético, que ahora se siente autorizado a invadir cualquier territorio, haya perdido en buena medida su razón de ser y su posibilidad de distinguirse de otros discursos (lo cual no solamente no impide sino que, al contrario, multiplica sus posibilidades expansivas).

* Tengo que pedir públicamente perdón a Juan Pardo, Manuel González, Antonio Morales y los herederos de Fernando Arbex, porque en una primera versión de este texto hablaba yo de la “doctrina de Los Brincos”, manifiestamente confundiendo su soberbio Mejor con la versión que Los salvajes hicieron del tema de los Four Tops Reach out (I’ll be there), que en castellano se tituló Es mejor (dejarlo como está). 

 

[1] A veces me pregunto —pero no me siento capaz de hacer afirmación alguna sobre esto— si este “retorno de la religión” al que asistimos (y que desde luego no es conmensurable con lo que significaba la religión en la época de las grandes revoluciones modernas europeas) no es en sí mismo un “efecto secundario” del imperialismo: el modo como en la gran metrópolis (EE.UU.) se ha tratado el problema de la religión ha consistido exactamente en concebir —ideal o imaginariamente— a la sociedad civil como articulada en torno a grupos religiosos de creencias firmes y arraigadas y en garantizar que el Estado no se inmiscuya en tales creencias y, por tanto, no “intervenga” en la sociedad civil, de tal modo que se convierta en algo así como aquel nightwatchman del que hablaban los liberales decimonónicos, que sólo aparece cuando hay conflictos entre creencias inconmensurables y para resolverlas mediante la institución o mediante la fuerza. Es como si este esquema se hubiese proyectado desde la metrópolis hacia las colonias y, por tanto, desde el centro a toda la periferia (es decir, al mundo entero), que se concibe entonces como habitada por poblaciones constituidas por creyentes más o menos fundamentalistas (pero en cualquier caso recalcitrantes) entre los cuales el gran Estado Mundial debe solucionar (por la fuerza) los “choques” o arbitrar (mediante las instituciones) las alianzas (sospecho, por tanto, que lo que quiere decir “civilizaciones” en las fórmulas “choque de civilizaciones” y “alianza de civilizaciones” es aproximadamente “religiones”, y el modo como las fuerzas de ocupación organizan los llamados “gobiernos de restauración democrática” en los países intervenidos —es decir, por proporcionalidades etno-religiosas— es bastante indicador de esto). El problema es que no es verdad que el planeta —y desde luego Europa, que es la parte del planeta que mejor conozco— fuera hasta anteayer un territorio indígena más o menos colonizado por los peregrinos del Mayflower cargados de puritanismo (aunque bien pudiera llegar a serlo a partir de pasado mañana). Esto no elimina el hecho de que el colonialismo, a su manera, tuvo una innegable capacidad de fundar “patrias” (véase la respuesta a la primera pregunta), ya que las guerras de liberación contra el colonizador tuvieron como efecto la institución de naciones (y ya he dicho que no veo diferencias relevantes entre “patria” y “nación”), o sea de “sociedades civiles” (o al menos agrupaciones militares) aglutinadas en torno al nacionalismo anti-imperialista, pero una cosa es fundar una nación (o sea, una identidad) y otra muy distinta fundar un Estado. En este sentido, la concepción —no ya imaginaria o ideal, sino real y material— de la sociedad civil que se ha impuesto efectivamente es la que la entiende como tejido empresarial y, por tanto, como mercado. Y ambas cosas, según parece, se dan perfectamente la mano en el nuevo mercado mundial de las identidades de cuyos conflictos las autoridades imperiales se han erigido en árbitros a modo de una “comisión internacional de vigilancia del mercado de valores espirituales”.

 

 
 
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