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José Luis González Quirós responde a nuestro cuestionario filosófico

 

 

¿Cuál es el “comportamiento” del texto en Internet?

Desde un punto de vista lógico, la diferencia principal entre un texto impreso y un texto de Internet no está en el texto mismo sino en el contexto. Ahora bien, el contexto es esencial para establecer algunas dimensiones del significado y para reconocer las relaciones de un texto cualquiera con todos los demás, para entenderlo en suma. Dada la gran modificación que Internet supone como contexto resulta muy fácil presumir que, a la larga más que de modo inmediato, nuestra relación con los textos, nuestra forma de leer (y la manera de escribir, porque al escribir suponemos un lector), puede llegar a ser distinta en muchos aspectos. Eso no afectará demasiado a la lectura por placer (que hay que esperar que siga existiendo, con papel y todo, aunque no solo con papel), pero cambiará muy profundamente los hábitos de la lectura especializada, la forma de estudiar, de documentarse, de hacer erudición.
Pasaremos de la predominancia de los textos cerrados (entre el título y la última página) a textos más abiertos, cuyas relaciones internas con otros textos puedan ser más obvias y a la vez más precisas aunque para ello haya que superar momentos de enorme confusión como los presentes en los que se hace muy difícil distinguir, salvo para quienes cultiven disciplinas muy especializadas y formalizadas, lo que es verdaderamente valioso y significativo. Hay que confiar en que podamos disponer de instrumentos adecuados para manejar con provecho y relativa facilidad las ventajas que nos ofrecerán las nuevas bibliotecas digitales.
Desde el punto de vista estilístico, habrá transformaciones importantes, como las ha habido en la narrativa a consecuencia del cine, por ejemplo. Los textos de Internet (en las páginas de noticias que pasarán a ser una forma predominante de información pública y en general en la mayoría de páginas web) tienden a ser cortos pero complejos. No tienen sentido los largos discursos que se sustituyen por ofertas alternativas de lectura: el titular, poco más, y diversas incitaciones colaterales que pueden llevarnos a árboles de lectura casi infinitos.
Otras transformaciones del texto que puede traer y está trayendo Internet son menos interesantes desde el punto de vista, digamos, intelectual, pero van a ser notables en otros ámbitos (la publicidad, por ejemplo) porque van a ser predominantemente visuales, afectarán a la forma y a la colocación de los signos en la frase. Además podría haber interacciones entre el texto, que es algo predominantemente visual (aunque no puramente visual sino de procedencia auditiva, porque representamos sonidos), y otros sentidos para enriquecer (y/o complicar) las formas de lectura (como pasa por ejemplo, con esos anuncios impresos de colonias que están impregnados de su aroma).
Cabe pensar, incluso, que un futuro largo, nos desprendamos (parcial o totalmente) del intermediario del texto escrito porque los medios tecnológicos podrán captar y reproducir con todo rigor la palabra hablada, aunque ahora nos cuesta mucho imaginar un texto que no esté implantado en una superficie visual, pero todo podría suceder.
No se trata de hacer profecías, sino de repasar la historia: transformaciones técnicas de mucho menor calado que Internet han cambiado muy fuertemente los hábitos de lectura y escritura: sería muy raro que Internet no lo hiciese, pero habrá que esperar a ver cómo lo hace porque en este ámbito las profecías pueden quedar muy prontamente en ridículo.

¿Modifica Internet el tiempo (su percepción si quiere)?

Lo que siempre ha modificado la percepción del tiempo ha sido el cambio social y, con él, la tecnología. El desarrollo de Internet afecta a esos dos factores, de modo que es inevitable pensar en que nuestra percepción del tiempo se modifique (si nos ponemos precisos, en realidad, nuestro uso, aunque, como dejó establecido Bergson, la percepción es siempre utilitaria). Ya se ha hecho trivial la comprobación de que, por ejemplo, la Bolsa no tiene horario o la desaparición de la distancia como factor relevante para mantener comunicaciones al establecerse distintas formas de instantaneidad en nuestras relaciones con los demás. Sin embargo, no han tenido éxito, al menos todavía, las propuestas de instituir una hora mundial, lo que seguramente indica que, hoy por hoy, nuestros hábitos de lectura del tiempo están más mediados por ritmos biológico-astronómicos, que por construcciones tecnológicas (por cualquier reloj).

¿Es el patriotismo una virtud?

El patriotismo es, para empezar, un sentimiento, el amor a lo propio, uno de esos sentimientos que hace que la gran mayoría de las personas se vinculen de modo muy especial con la comunidad a la que pertenecen. Pero el patriotismo es algo más que un sentimiento y es, en cualquier caso, un sentimiento valioso. Traté de mostrar que el patriotismo es una virtud cívica en Una apología del patriotismo. Esa idea del patriotismo como virtud cívica implica dos cosas fundamentales: en primer lugar que el patriotismo no puede confundirse con una doctrina política particular o con un determinado partido. El patriotismo se encuentra en la esfera moral, no en la esfera de lo que ahora llamamos política y atañe a las obligaciones comunes a todos los ciudadanos de una comunidad política regida por una constitución que respete los derechos individuales y la libertad y que haga posible la justicia (nadie puede ser patriota de una nación en tanto se encuentre sojuzgada por un déspota sino, en tal caso, patriota de la nación que debe ser liberada precisamente porque padece una dictadura inhumana).
El patriotismo es la virtud de quien comprende y acepta que el bien común de la sociedad a la que pertenece está por encima de su interés particular, que tiene obligaciones morales con su comunidad política. Consecuentemente, nada está más lejos de esta idea de patriotismo que cualquier forma de nacionalismo que es, justamente, la prostitución política del sentimiento moral que tiene todo buen patriota respecto a la sociedad política en la que vive y trabaja. En tanto es una virtud ciudadana, el patriotismo no puede ser reducido a una política, pues, en ese caso, el patriota carecería de libertad, estaría determinado a seguir no su criterio sino lo que le demanda su nación, se convertiría en un nacionalista que excluye a quienes no lo son del servicio a la patria al considerar que son sus enemigos.
En segundo lugar, el patriotismo, como toda virtud, reside en un cierto punto medio entre dos malformaciones del sentimiento en que se apoya: el nacionalismo, por un lado, y el cosmopolitismo por otro, el que todo lo subordina a la nación (para quien la libertad del ciudadano nada significa si se opone a una supuesta marcha de la nación en la historia) y el que cree que no necesita referencia alguna a la nación puesto que se siente ciudadano del mundo y pretende una equidistancia imposible e impensable respecto a los deseos y los intereses de las distintas comunidades políticas. De cualquier modo, puestos a elegir, prefiero a un cosmopolita que a un nacionalista. El nacionalismo es algo profundamente antiliberal mientras que el cosmopolitismo es, al menos en principio, solo una ilusión bastante inofensiva porque, pese a tanto avance, no podemos sentirnos ciudadanos del mundo sin ser ciudadanos de algún lugar.

¿Qué designa “hombre” en “derechos del hombre”?

Las cuestiones de significado pueden ser tan complejas como insignificantes. En este caso creo que “hombre” designa, a la vez, una aspiración y un imperativo moral: el carácter sagrado de la vida y de la libertad individual y el convencimiento de que las instituciones políticas están al servicio de la libertad y los derechos individuales, que no pueden reclamar, por tanto, ni la sumisión ni la renuncia de las libertades y los derechos personales. La expresión nos compromete, además, con un cierto sentido de la historia que consiste en la extensión de esa clase de bienes por encima de cualquier clase de fronteras.

El catolicismo y el horóscopo son supersticiones y deben ser tratados de la misma manera. ¿Está de acuerdo?

No, no lo estoy. El horóscopo se supone que es una técnica de previsión y creer en esa clase de cosas no es sino una simpleza imperdonable. Quienes aparentan tomárselo en serio olvidan la más importante lección de la historia de la ciencia (así, en general), esto es, que debemos aprender a desconfiar de la fiabilidad de nuestras deducciones, que sólo podemos acometer con éxito objetivos limitados si queremos hacer algo parecido a la ciencia.
El cristianismo es algo muy distinto, es una religión, una fe, una esperanza en que nuestra vida tenga un sentido cuya plenitud no es puramente natural. El cristianismo no deduce nada ni afirma nada que pertenezca al orden de la naturaleza; en cierto sentido puede considerarse como una rebelión contra la muerte, contra el destino natural y contra la falta de sentido. Yo creo que comparar ambas cosas, aún para un cientifista ateo es una frivolidad intelectual, pero no quiero extenderme sobre algo que me parece bastante obvio (a la vez que indemostrable para quien quiera ponerse estupendo).

¿Es posible distinguir entre ciencia(s) y tecnología(s)?

Sí, claro. Todas las culturas tienen alguna clase de tecnología, algunas habilidades técnicas, mientras que la ciencia es una creación muy particular de la cultura occidental aunque, por supuesto, pueda desarrollarse luego por personas educadas en otras culturas.
En el caso de la ciencia contemporánea y de la tecnología la distinción es más compleja. Tecnología y ciencia van de la mano y su relación no queda bien perfilada por quienes piensan que la ciencia es conocimiento básico y la tecnología aplicación de ese saber.

¿La ciencia es una, o más bien cincuenta y una?

La ciencia es una desde un punto de vista ideal o lógico, pero no es nada que pueda unificarse y codificarse con facilidad. Estamos lejos de la idea neopositivista de una ciencia unificada y básica (la física) a la que todas las demás puedan reducirse. La ciencia contemporánea, como han señalado, sobre todo Gallison y Hacking, tiene un carácter pletórico, es un organismo muy complejo en el que nada es tan obvio como podamos creer. Hay que desconfiar de quienes hablan en nombre de la ciencia para establecer dogmas como el reduccionismo o cualquier otra metafísica.

¿La(s) ciencia(s) deben/pueden conquistar todas las regiones del saber/conocimiento?

Lo que sabemos es que avanzan en unos sitios y se estancan en otros. Suponer que nada va a quedar oculto es una vieja presunción de la inteligencia que ya le parecía inmediata a Aristóteles. Sin embargo tampoco creo en el fin de la ciencia, una idea de Horgan que se puso de moda hace algunos años: creo que hay trabajo para rato y que cuanto más se sabe, más se ve lo que queda por saber, muchísimo más de lo que antes se presumía. La presunción de que la ciencia es un sistema bien conocido y cerrado se llama cientifismo y, a mi modo de ver, constituye un error de bulto que prende con fuerza no tanto en los científicos mismos sino en esa cohorte de relaciones públicas que necesariamente acompaña a la ciencia, porque la ciencia se ha convertido en una gran empresa que cotiza en diversas Bolsas y necesita de muchos oficios auxiliares. Pero los cientifistas se pasan varios pueblos y su entusiasmo produce fatiga.
¿Existen otras clases de saber distintas de la ciencia? Yo creo que sí, aunque sería de desear que no tratasen de ponerse en lugar de la ciencia o de competir con ella. Pero hay un amplio margen para formas de saber (y, más generalmente, de pensar) en las que la ciencia no tiene nada que decir ni, probablemente, tendrá nunca nada interesante que aportar.

Teniendo en cuenta los antecedentes –la personalidad de González y Aznar-, ¿qué tiene José Luis Rodríguez Zapatero para que resulte tan alarmante?

Pues gusta mucho en ciertos ambientes, sobre todo en el extranjero (el de verdad y el deseado). A mí no me gusta prácticamente nada o, mejor dicho, me gusta sólo su audacia, pero como la pone al servicio de causas que no comparto, pues ni eso me gusta. Creo que ZP representa lo peor de la izquierda, la convicción de que si la democracia no adopta sus soluciones ya no vale, la presunción de que quienes no piensan como ellos son ignorantes o perversos, la falta de sentido crítico, la creencia de que hay alguna razón superior que les habilita para imponer sus soluciones como sea. A ZP le ha faltado valor para modernizar la izquierda española y está poniendo en riesgo la estabilidad de una democracia liberal que, como sabemos, no lleva siglos de funcionamiento. Creo, con todo, que España aguantará, pero el daño que está haciendo es profundo y puede ser muy duradero porque puede tener éxito arrinconando a la derecha y, como no creo que pueda fusilarla, nadie sabe lo que puede salir de ahí.

¿Cuál cree usted que sería (o es) la actitud de EEUU y las grandes naciones europeas frente a una posible desintegración de España?

No creo que vaya a pasar, pero, desgraciadamente, no espero grandes ayudas de nadie. Si los españoles tragamos ¿por qué no habrían de hacerlo el resto de los europeos o los norteamericanos?

Si usted es ateo: ¿Lo es más bien porque ha considerado la cuestión de la existencia de Dios seriamente y se ha dado una respuesta negativa, o más bien porque no considera que la existencia de Dios sea una cuestión seria?

No soy ateo. Creo en Dios o, mejor dicho, espero que Dios exista. No es un asunto al que haya dedicado profesionalmente grandes energías: he recibido la fe de mis mayores y he llegado a considerarla como algo casi natural (aunque sé que no es así). Como es lógico por mi profesión, me parece que he tenido la oportunidad de considerar con cierto detenimiento la mayoría de los argumentos de los ateos: no me convencen, pero no aspiro a que desistan de ellos porque la gente suele estar muy pagada de sus descubrimientos (aunque estos ya son un tanto antiguos). La verdad es que tampoco me parecen peores que los argumentos que pretenden demostrar la existencia de Dios. El que más me impresiona de estos últimos es el de San Anselmo, pero, en cualquier caso, la creencia puede ser razonable y razonada pero nunca demostrada porque perdería su gracia. Me parece que la fe no depende de cosas tan simples como silogismos más o menos sofisticados. Me gusta pensar que creo como creía Chesterton, de un modo polémico pero respetuoso con los que no creen.
La apuesta pascaliana me parece muy razonable y estoy con Berkeley al creer que la esperanza en un premio (la simple esperanza) es un gran motivo para hacer el bien. No me obsesiona la inmortalidad personal al modo de Unamuno, aunque confieso que me haría una grandísima ilusión poder volver a abrazar a mi padre que murió siendo yo muy joven. La esperanza está abierta a la sorpresa: Nabokov decía que si el nacimiento fue una sorpresa ¿por qué no habría de serlo la muerte?
Creo, por tanto, que la existencia de Dios es una cuestión seria, aunque indecidible y que la filosofía de la religión es, o debería ser, el estudio de las formas en que los hombres interpretamos las huellas de Dios, pero yo no me dedico a eso más que como aficionado.

¿Considera usted que la Historia progresa en algún sentido?

La historia es esencialmente progreso en la media en que es acumulación (vamos a hombros de gigantes) y cambio. El progreso no es, sin embargo, ni homogéneo ni, por así decir, automático. Como dice Jiménez Lozano sólo una delgada capa nos separa de la barbarie. Creo que la meditación de y sobre la historia es una de las obligaciones de los filósofos, aunque no sé si podremos combatir de alguna manera el extraño positivismo reinante, eso que lleva a Zapatero a querer legislar el pasado.

 

 
 
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