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A lo largo de nuestras vidas nos cruzamos con miles de personas, formando un tejido de relaciones que conforman nuestra existencia y nos anclan a la historia y sus vicisitudes. Algunos de estos entrecruzamientos son superficiales, vagos, transversales y prescindibles, pero hay otros que en sí mismos sostienen toda nuestra biografía, que no podría comprenderse sin ellos. Estos cruces no tienen que ser directos, puesto que las decisiones de terceros, con los que no hemos tenido ninguna relación personal, marcan para bien o para mal nuestras vidas. Y a veces, sucede que acontecimientos en apariencia insignificantes, adquieren con el tiempo otro color, una profundidad insospechada, iluminados por hechos posteriores. Algo así ocurre con una anecdótica intersección vital del filósofo Walter Benjamin, nimia si no fuera porque años más tarde el cruce se repitió en otras circunstancias con un resultado trágico.
Filósofo del mosaico y la constelación (fragmentos que no tienen ninguna relación entre sí pero que, con la perspectiva adecuada, conforman una imagen plena de sentido), tomaremos dos teselas de su vida para ilustrar la idea de las complejas redes que tejen nuestras nuestras vidas y de como no hay nada despreciable (aunque únicamente sea en el plano de lo anecdótico). Nacido en 1892, Walter Benjamin manifestó desde bien pronto una personalidad melancólica y depresiva, que le generó una aguda conciencia de pérdida, tema recurrente en su pensamiento bajo la forma de ideas tales como la “pérdida del aura” o el papel de la ruina en su filosofía, así como la tendencia a teorizar sobre la redención de las víctimas de la historia. Por si esta tendencia a la melancolía fuera poco, las circunstancias históricas que le acompañaron no fueron las más halagüeñas: padeció en primera persona la Gran Depresión, el antisemitismo (era judío), y finalmente el nazismo. Además, su vida sentimental no fue tampoco muy afortunada y varias rupturas traumáticas la jalonan.
En abril de 1933, huyendo del recién inaugurado régimen nazi, y previendo lo que iba a ocurrir, Benjamin se refugió en Ibiza, por aquel entonces una isla mediterránea casi desconocida en la que se podía experimentar un estilo de vida tradicional casi imposible de encontrar en cualquier otro lugar de Europa. Apenas unos pocos intelectuales y artistas la visitaban en busca de tranquilidad y vida sencilla para sus trabajos. Benjamin ya había estado en Ibiza el año anterior, invitado por unos amigos, y allí encontró el sosiego que le hacía falta en las plácidas tardes primaverales a la orilla del mar y en sus paseos rurales. Pero en esta segunda ocasión los hechos no transcurrieron tan pacíficamente. La angustia del exilio no se lo permitió, y tampoco la creciente atmósfera turística de la isla (que amenazaba la tradición de la que había disfrutado hacía apenas unos meses). Benjamin notó que había más turistas, de entre los que destacaban los alemanes, algunos de ellos claramente en la órbita nazi, lo cual le intranquilizó en gran medida. Además, su situación económica era más bien precaria, y se agudizó con el transcurso de los meses, obligándole a trasladarse a distintas residencias, de cada vez más sencillas. Al final, en septiembre, enfermo de malaria, abandonó la isla para dirigirse a Francia, donde pasó los siguientes años.
Pero antes se produjo el cruce con otro personaje que sería crucial en su existencia, que quedaría ligado a su trágico destino de algún modo, aunque en ningún momento intercambiaron palabra, y probablemente ni cruzaron sus miradas. Para ser testigos de ello hemos de remontarnos al seis de mayo de 1933, en Sant Antoni de Portmany, fecha en la que el recién nombrado comandante militar de las Baleares, el general Francisco Franco, visitó algunos lugares del municipio para conocer mejor sus posibilidades estratégicas. Uno de estos lugares fue el faro de Coves Blanques, para llegar al cual tuvo necesariamente que pasar por delante del domicilio del filósofo alemán, que estaba esa tarde en la población.
Se desconoce si Benjamin vio pasar la comitiva del general (que iba acompañado de autoridades varias), porque no dejó ninguna anotación al respecto en sus diarios. Pero no podemos impedir que nuestra imaginación vuele y nos lo representemos tras las ventanas contemplando curioso el revuelo que a buen seguro provocó el paso de tan ilustre visitante y su comitiva. Sea como fuere, las dos personalidades, por entonces mutuamente desconocidas, estuvieron en un mismo lugar al mismo tiempo, estableciendo una tangencial vinculación entre sus nombres, vínculo que más tarde se reeditaría con mayor fuerza y con un resultado menos feliz.
Para esta segunda ocasión hay que ir a 1940. Benjamin había estado viviendo en París, en un creciente aislamiento del mundo, motivado por los temores ante el creciente poder nazi y los tentáculos que estaba extendiendo por toda Europa. Uno de estos tentáculos había ayudado al comandante de las Baleares en el 33 a hacerse con el poder en España tras una cruenta guerra civil. Y al mismo tiempo, había estado engrasando la maquinaria militar que se puso en marcha de forma definitiva al poco de acabar la guerra española, en 1939. Los acontecimientos empezaron a sucederse con celeridad: en menos de un año, los nazis habían tomado París, y Walter Benjamin huyó hacia la Francia no ocupada, mientras sus amigos los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer tramitaban un visado que le permitiera refugiarse definitivamente en los Estados Unidos. Pero Francia era un territorio peligroso, dado el colaboracionismo de Pétain (jefe de estado de Francia) con los nazis, que convertían la parte no ocupada de Francia en un estado satélite del Reich. La Gestapo trabajaba sin problemas en todas partes, y Benjamin tomó la decisión de huir a través del neutral Portugal, viajando por carretera para evitar cualquier clase de controles en los que pudiera ser apresado. El camino, peligroso, atravesaba España, que si bien oficialmente era neutral, mantenía algunos vínculos comerciales de vital importancia con Alemania (los nazis necesitaban wolframio, mineral abundante en España, para endurecer el metal con que hacían sus tanques, y España necesitaba el oro que los nazis le pagaban para aligerar la dramática situación de la posguerra).
El grupo del cual Benjamin formaba parte logró entrar en España, pero en Portbou, Cataluña, muy cerca de la frontera, fue interceptado por la policía fronteriza para revisar sus papeles. La policía les retuvo en una fonda con tres agentes que les vigilaban y la intención de deportarlos a Francia al día siguiente. Entonces el terror se apoderó de nuestro hombre, temiendo que la Gestapo se les echara encima. Benjamin conocía las circunstancias políticas españolas, y a buen seguro también las temía, metido como estaba desde hacía años en una espiral de miedo a caer en manos del fascismo. Lo que tal vez no sabía, dada su decisiónn de pasar precisamente por allí, era que en Portbou había tenido lugar uno de los últimos coletazos de la guerra civil española, una batalla cerca de la población hacía apenas unos meses, y que el pueblo estaba sembrado de agentes secretos alemanes y de la policía española.
Lo supiera o no, las horas transcurridas en Portbou tuvieron que ser muy angustiosas para el fiolósofo alemán, que se veía atrapado y asediado por Franco al frente y por Hitler en la retaguardia. Tanto, que se suicidó provocándose una sobredosis de morfina. La fecha no se conoce con certeza, fue un 26 ó 27 de septiembre de 1940. Su cuerpo fue descubiero al día siguiente, y, tal vez gracias a su muerte (es algo que nunca se ha llegado a aclarar), se le concedió permiso de paso al grupo que iba con él. Sus allegados hablaron en seguida de suicidio, y hasta el momento sigue siendo la versión oficial. No obstante, se ha investigado la posibilidad de que fueran agentes soviéticos los que le metaron, ya que aunque se declaraba marxista, era muy crítico con Stalin y la Unión Soviética. Y también, claro está, que la policía española estuviera al tanto de la identidad de aquel judío alemán con gafas redondas y bigote, y en consonancia con los nazis le mataran. Sea como fuere, y para darle más misterio al asunto, Benjamin fue enterrado en Portbou con un nombre equivocado y por el rito católico (aunque las autoridades no supieran que era judío, resulta extraño que a un suicida se le entierre así) [1].
A buen seguro Franco nunca oyó el nombre de Walter Benjamin, ni supo nada de su pensamiento. Tampoco conoció sus circunstancias, ni mandó nada acerca de él. No obstante, sus nombres aparecen unidos de algún modo cuando se habla del intelectual alemán. La llegada a las puertas de la España férreamente gobernada por el general desencadenó en el filósofo el pánico que llevaba gestando en su interior desde hacía años, prácticamente desde la otra vez en que los dos nombres aparecen juntos, en aquella primavera ibicenca en la que era imposible imaginar que el destino les volvería a unir de forma trágica. De este modo, desde el lado benjaminiano, se establece un círculo (en realidad una espiral), cuyo origen se puede situar simbólicamente en aquella tarde en que Franco pasó por delante de su casa en Sant Antoni, marcado por la huida y el miedo. Un miedo cada vez más irracional y desesperado, que le abocó al suicidio justo en el momento en el que tenía la salvación más cerca, cuando todo estaba arreglado para que el peligro no le alcanzara (Adorno le estaba esperando en Nueva York), y sus pasos le habían llevado junto al cortijo de Franco, en trágica devolución de una visita virtual entre dos personajes que nunca se conocieron, pero que de un modo u otro, han visto sus nombres unidos en dos desgraciados nudos. Esos dos encuentros sólo fueron unos pequeños puntos en medio de la vorágine del mundo de aquella época, en realidad nada de importancia. Sin embargo, si los vinculamos, adquieren un cierto sentido, al igual que las estrellas, minúsculas gotas de luz en el mar de las galaxias, independientes entre sí, ajenas, infinitamente distantes, pero que, si les prestamos atención, adoptan formas curiosas. Y aunque en verdad se trate de una cuestión dependiente del sujeto observador, no podemos dejar de maravillarnos y sorprendernos ante ellas.
[1] Existe un documental del año 2005 titulado ¿Quién mató a Walter Benjamin?, dirigido por David Mauas, que profundiza en las circunstancias que rodearon su fallecimiento.
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