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En cierto sentido, los títulos de los libros son como los neones de las tiendas y establecimientos, están ahí para avisarnos de lo que podemos encontrar en ellos. Es más, a veces, no solo eso: cuando están bien puestos, incluso son capaces de anunciarnos que vamos a encontrar en ellos algo de lo que querríamos encontrar. Y, en ocasiones, hasta de conseguirlo, de conseguir que la potencia y vatios de ese neón vengan a saciar alguna necesidad.
Sin embargo, mi opinión de lectora que no es la primera vez –ni probablemente la última– que compra un libro por su título es que hay todavía un tipo de títulos –el asunto se ha convertido en todo un ‘arte’– mucho más virtuosos: son aquellos que, del mismo modo que los indicadores en una carretera nocturna, nos dejan prendidos a un extraño vértigo e inquietud.
Esa es exactamente la sensación que tuve al encontrarme con el libro de relatos de Berta Marsé y con un título, Fantasías animadas, al que inmediatamente sobrescribí ‘de ayer y hoy’, mientras me dejaba llevar a través del tiempo y la imágenes del rótulo de la Warner Bros, el indefenso Piolín, Porky o el gruñón pato Lucas.
Lo curioso es que no soy capaz de recordar la época en que dejé de ver dibujos animados; supongo que no hubo un momento señalado, especialmente importante ni difícil, que simplemente la vida ofrecía otras cosas más interesantes. Sin embargo, mientras leía los relatos de Fantasías animadas, no he podido quitarme de encima la sensación de estar bordeando un territorio conocido y peligroso. Y es que Fantasías animadas es un libro para aquellos a los que la desmemoria no nos ha dejado ver por qué hueco de la vida adulta ha podido colarse un afán de fantasear que, cuando asoma, se vuelve –y a nosotros con él– tristemente grotesco.
En Fantasías animadas, Berta Marsé vuelve a aprovecharse de la mirada de un realismo cruel, casi esperpéntico, que veíamos en su primer libro, En jaque, para presentarnos unas historias en las que la fantasía es la clave para entender las pequeñas miserias y patologías cotidianas de unos personajes tan salvajemente cómicos como dolorosamente humanos. Así, por ejemplo, en “Los Pons Pons” veremos cómo la fantasía puede resultar la única forma posible de aprender a convivir con la rabia y el rencor. Sin embargo, en “Lo de don Vito”, la fantasía irá trazando el camino de una huida imposible, la que nos va dejando cada vez más solos con la propia cobardía. “Cocinitas” nos mostrará cómo las fantasías, por infantiles, no dejan de ser dañiñas y “El bebé de Bea” las alimentará hasta convertirlas en una obsesión fatal. “Noche de Gala”, en cambio, nos mostrará que a veces la fantasía es el único modo de seguir sosteniéndose en la realidad. De vuelta a ella, en “Los amigos perdidos”, asistiremos a una reunión de amigas en la que los comentarios fantasiosos serán la medida para calibrar sus comportamientos más y menos mezquinos. Y, por último, en “Las Prosperinas”, el secreto de infancia de una anciana enferma nos descubrirá que la fantasía es ese lugar al que siempre volvemos cuando la vida no nos deja otra salida.
De este modo, con un tono ágil y humorístico, como de irremediable despreocupación, y con una inteligencia narrativa que sabe encontrar caminos insospechados, las Fantasías animadas de ayer y hoy de Berta Marsé consiguen pasearnos por esos huecos de la vida adulta que hubiéramos preferido seguir manteniendo en el olvido. Y el paseo, os lo aseguro, merece la pena.
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