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El Yggdrasil
Bonsais
por Carlos Almira Picazo   


Si menciono el árbol del Yggdrasil, que el bueno de mi sobrino aceptó como parte de la casa, no es por burla sino por melancolía, pues siempre favorecí su credulidad. Convencido de haber hecho la compra de su vida (por un precio vergonzoso), insistió en que fuera a verlo.

La casa, de gruesos muros y tejado francés, se abría por la cara posterior a un parque invisible desde la calle. Cruzamos el patio de baldosas levantadas, y llegamos ante un árbol que se retorcía sobre un precipicio. No sabía que aquí hubiese barrancos. No es un barranco, me replicó. Sus raíces se precipitaban en el abismo; sus ramas escalaban las alturas sin término.

Como padezco de vértigo, decidí bajar en primer lugar. Nos descolgamos y durante horas no vimos otra cosa que una pared lisa de basalto. Aunque descendíamos con rapidez, no alcanzábamos el fondo. La oscuridad, cada vez más densa, nos rozaba con sus vibraciones viscosas.

El ascenso fue más lento y trabajoso, pero al cabo de las horas las ramas del Iggdrasil seguían encaramándose a los cielos. Tampoco por allí se llegaba a ninguna parte. 

Le prometí a mi sobrino volver y fotografiar y tomar registros de aquel prodigio. Disimuladamente, me guardé una hoja del Iggdrasil y salí a la calle, convencido de que todo había sido una ilusión o una patraña. 

Al día siguiente, no obstante, volví. Cuando quise probarle al incrédulo cretino que me negaba el paso que yo había estado allí la víspera, y que mi sobrino era el propietario, saqué la hoja de mi bolsillo: se había vuelto delgada y gris, como la membrana del ala de un murciélago, y al instante se deshizo en un montón de polvo.

   
Ecos de Borges y una pizca de Cortázar.
 

 

 
 
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